jueves, 24 de enero de 2008

Ella

La recuerdo de forma bastante difusa y es normal teniendo en cuenta que según el recordatorio que encontré entre las páginas de uno de los libros que habían sido de mi padre ella había fallecido en 1952, en el mes de octubre, cuando tenía yo cuatro años.

Un día abrí aquel libro, muchos años después de haber fallecido mis padres y de haber hecho la obra y haber andado moviendo los libros de un lado a otro, desde la librería de puertas de cristal que siempre había estado en la entrada hasta la actual librería de escayola blanca, tan fea y tan desangelada, pasando por las escaleras y el ascensor bajándolos con el resto de las cosas en cajas de cartón para almacenarlos mientras la casa estaba patas arriba en una habitación que me prestó una vecina. Era un libro de Galdós, o de Palacio Valdés, o de Concha Espina encuadernado en tela azul — había muchos encuadernados en tela azul, de distintos autores, y no me fijé en el título —que al parecer nadie habíamos abierto en cerca de cincuenta años.
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domingo, 20 de enero de 2008

Foto de Cronos persiguiendo a Pegaso en su camino a Sirio

Nunca habían sido presentados y, pensaba tristemente, jamás lo seremos.
La conocía, por tanto, nada más de vista; lo que equivalía, en puridad, a en absoluto conocerla y a que toda su noción del existir de aquella criatura llegada muy poco tiempo atrás a la ciudad quedase reducida a una imagen esbelta caminando con resolución y paso vivo a veces y, otras, parada en el centro de la plaza o moviéndose en círculo elevando los ojos al cielo, pero allí, allí siempre, siempre allí en el mundo de fuera al que parapetado tras los cristales de sus gafas tan gruesos lanzaba él miradas furtivas, ansiosas, prometiéndose una mañana tras otra ― sin dejar de con sus dedos expertos desarmar y armar los relojes que una vez reparados colocaba dentro de las correspondientes bolsitas de papel a la espera de que regresaran los dueños preguntando ¿y mi reloj?
un día la abordaré.Oh, sí.
Un día no más gris que cualquier otro de otoño, ni más frío que cualquier otro de invierno, ni más sofocante que cualquier otro de verano, ni más portador de promesas engañosas siempre que cualquier otro de primavera, me quitaré las gafas de cristales tan gruesos; y posaría sobre su mesa de trabajo la lupa y las pequeñas herramientas tan precisas, echaría una ojeada al sobrio espejo de azogue medio descascarillado para cerciorarse de no tener legañas y de que los cabellos estuviesen en orden, se pondría en pie, iría hasta la puerta, la abriría, entraría en el mundo de fuera, allí, en la plaza, se llegaría hasta su amada en el centro o caminaría en círculo con ella y…
No. No puedo.Y así todos los días hasta que uno no más gris que cualquier otro de otoño, ni más frío que cualquier otro de invierno, ni más sofocante que cualquier otro de verano, ni más portador de promesas engañosas siempre que cualquier otro de primavera ella entró por la puerta.
Oh, no.
Pero entró, sí.
Entró por la puerta e hipando un entrecortado buenos días se llegó hasta el mostrador sobre el que, tras hurgar nerviosamente en el interior de su bolso embargada por incontenible aflicción, volcó impaciente el contenido y, llevándose un pañuelo a la nariz, dio por toda explicación un
no anda.Lo dijo con la cabeza baja, apretando los párpados de modo que lejos de contenerlas lo que hizo fue obligar a que las lágrimas rodasen.
–Pero, señorita ― dijo él tomando, con sus dedos siempre expertos y ahora inconteniblemente temblorosos, el único de entre los objetos dispersos que podía ser el que tanto la apenase ―: yo…
– ¡No anda!
– Ya, pero…
– ¡No anda!
– Pero…
– ¡Por favor! ― se había enjugado las lágrimas y elevaba hacia él sus enrojecidos ojos suplicantes.

– Es que no creo…
– Vamos ― mirándolo con sonrisa esperanzada, como queriendo infundirle ánimo ―: usted es un magnífico profesional ¿No es cierto?
– Hago cuanto está en mi mano, sí, pero…
– ¡Por todos los…! ― exclamó ella antes de que se le quebrara de nuevo la voz y, entre sollozos que hacían sus palabras prácticamente ininteligibles ―: ¡Tiene que hacerlo!
– Pero…
– ¡“Pero, pero, pero…”! ― se había girado por ocultar el llanto y hablaba ahora de espaldas ― ¿Qué “pero” cuando todo cuanto me importa es que no anda?
– La comprendo perfectamente ― y, como desease hacerle entender que de verdad lo lamentaba, quiso decírselo mirándola a los ojos para que ella misma pudiese leer en los suyos que era cierto, mas hubo de contentarse con dirigir la vista suya fuera, a la plaza, igual que ella ―: pero…
– ¡No me comprende en absoluto!
Se giró nuevamente hacia él y, casi al borde ahora de la histeria:
– ¡No me comprende, no me comprende, no me comprende! ― Y comprimiendo con su puño cerrado el pañuelo empapado de lágrimas, golpeándolo furiosa en el pecho ― ¡En absoluto!
Y parecía que no iba a parar nunca, ni de llorar ni de golpearlo, pero de forma inesperada fue dueña de sí misma, o lo intentó; y teñidas de rubor las mejillas emitió un apenas audible lo siento.
Volvió a girar la cabeza, avergonzada esta vez; y, él, como si intentara ver sus ojos reflejados en alguna parte, dirigió la mirada hacia el lugar donde calculó por la inclinación del perfil que se había posado la de ella.
– Soy yo quien tiene que sentirlo por no… Por estarle dando un disgusto tan grande.
Y hubiese en su consternación agregado un nuevo “pero”. No llegó sin embargo a pronunciarlo porque ella, exhalando un profundo suspiro lo miró, a él, y pestañeó, y sacudiendo la cabeza dijo “pero”.
– ¿“Pero”?
– Bueno ― sonrió, como pidiendo disculpa, con un pequeño encogimiento de hombros y estrujando entre las manos su pañuelo ―, quiero decir que, en realidad, quizás haya que admitir que lo que no se puede no se puede, tal vez, y yo no he debido exigirle a usted que…
– ¡Oh, olvídelo!
– ¿Olvidarlo?
– ¡Claro!
– ¿Quiere eso decir que lo intentará?
– Oh, no…
– ¡No, por supuesto que no espero que me garantice nada! ― rió, con los ojos brillantes de contento ―: Tengo más que suficiente con saber que va a hacer cuanto esté en su mano.
– Es…
– Es muy importante para mí; sí. Tal vez no sea sencillo comprenderlo pero… huy, mire, he sido yo quien ha vuelto a decir “pero”; pero… en fin: que cuando ese reloj está parado sient…
Se llevó la mano al pecho y, desviando la mirada de nuevo, se dio un par de golpecitos al tiempo que decía en tono ahogado aquí, algo parecido a un nudo como una opresión, o algo así, que parecía ― dijo ― que no la dejaba respirar.
― Eso podría ser, quizás, por causa de la presión atmosférica ― y como percibiéndola un poco más cercana, menos inaccesible de lo que la creyera siempre, se animase a conversar añadió ―: yo sólo entiendo, por supuesto, de relojes y aun eso con limitaciones; pero he oído decir que hay días en que, por cuestiones al parecer climatológicas, la humedad relativa del aire y los milibares… o algo parecido…
– Ah, sí: los milibares… No sé, puede ser… De todos modos ― también ella parecía ahora animada y, tras una pausa para exclamar ¡cielos, pero qué tarde se me ha hecho!, fue, sin dejar de hablar, devolviendo los objetos desperdigados sobre el mostrador al interior del bolso ―, de todos modos sabiendo que puedo contar con usted me siento, pues… no sé: mucho mejor.
– Vaya ― con un nudo él en la garganta ―; cuánto me alegro.
– Ahora me tengo que marchar ― declaró tendiéndole la mano ― y, en fin, ya sabe: en sus manos lo dejo.
Y casi sin pausa, saliendo ya por la puerta, un hasta mañana que lo dejó desconcertado no sabiendo si se estaba tratando de una despedida o de una tregua.
– Bueno ― se dijo resignado, jugueteando con el pequeño objeto de sus pesares que había conservado todo el rato en la mano ―: mañana lo sabremos.
No supo nada, sin embargo, ni al día siguiente ni en toda una semana; nada salvo que ella acudió todos y cada uno de aquellos días a la plaza, y se paró en el centro elevando los ojos al cielo, y, a ratos, caminó en círculos con la cabeza siempre baja como si buscara algo.
Pero en ningún momento se acercó a la tienda.
¡Qué raro!Lo embargaba una mezcla de alivio y congoja; alivio porque cuanto más tardara ella en volver mejor podría él elaborar una explicación lo menos dolorosa posible al hecho de no ser capaz, en modo alguno, de satisfacerla; congoja porque deseaba fervientemente volverla a ver… de cerca, claro, y hablar con ella.
Finalmente, trascurrida aquella primera semana, supo algo; algo poco alentador, sin embargo, y que habría preferido no saber. Fue ello, sencillamente, que la dejó de ver.
Dejó de verla parada en el centro de la plaza elevando los ojos al cielo y, a ratos, caminando en círculos con la cabeza siempre baja como si buscara algo.
En cuanto a la reparación… ¿pero qué reparación?, maldita fuera, ¡a ti sí que no quiero ni verte!
No supo, absorto en sus tribulaciones, cuántos días o semanas pasaron. Siguió, sí, trabajando de manera inconsciente; desmontando y montando maquinarias con sus dedos expertos; utilizando las pequeñas herramientas tan precisas.
Finalmente, una mañana no más gris que cualquier otra de otoño, ni más fría que cualquier otra de invierno, ni más sofocante que cualquier otra de verano, ni más portadora de promesas engañosas siempre que cualquier otra de primavera, ella entró nuevamente por la puerta.
Le habría podido pillar desprevenido, pero no sucedió tal, o no del todo, por fortuna, porque justo al levantar el cierre vio como desde el centro de la plaza echaba ella a caminar hacia aquí, a paso muy vivo.
No lo pilló desprevenido, por fortuna, o no del todo, o no al menos en el aspecto meramente profesional puesto que tuvo tiempo de, antes de que llegase, rebuscar en el cajón donde de forma automática dejaba caer ahora esto y luego lo otro toda la serie de cachivaches y adminículos que andaban siempre por allí rodando porque éste podía tener, quién sabe, en otro momento una utilidad que ahora mismo él no veía; ese otro porque el propietario había muerto y nadie se había ocupado de venir a reclamarlo; aquel de allí pues porque era su mechero, o la funda de sus gafas o su pitillera y, éste de aquí…
¡éste, éste, éste…!Lo agarró con rabia, lo deslizó precipitadamente en una de las bolsitas de papel y lo colocó en el montón de para entregar
– ¡Buenos días!
– No tanto ― carraspeó incómodo ―, me temo…
– ¡Se teme! ― reía ella, y parecía radiante ― ¿Qué se puede temer en un día tan espléndido?
– Pues que…
– ¡Oh, pero no me lo explique!
– Es que teng…
– Sus motivos, sí. Y yo soy muy indiscreta.
– Oh, no.
– Oh, sí… ¡No debe una ir andando por ahí fisgoneando por qué tienen los demás un mal día!
– No, no: usted tiene todo el derecho del mundo a…
– ¡Qué voy a tenerlo a ser una impertinente! Pero me siento hoy tan absolutamente feliz que, bueno… Es una especie de euforia que, no sé, me pone tal vez un poquito demasiado locuaz.
– El caso es…
– No. Verá… Si a mí me parece bien que usted me cuente lo que quiera; que no es que no me importe, entiéndame. Si le he dicho que no tiene que explicarme nada es únicamente porque sería una intromisión por mi parte puesto que se trata de su…
– De su…
– De su: sí.
– No. Verá: se trata de su…
– ¡Que sí!
– De su de usted, quiero decir…
– ¿De mí, mi qué? ― y lo miraba perpleja.
– Pues… – alargó la mano y agarró el pequeño envoltorio.
– ¡Hable sin miedo!... ¿De qué se trata?
– De algo terrible.
– ¿Algo terrible? No, no, no, no, no. Mi querido amigo se equivoca: Hoy, precisamente, no creo que haya nada que me pueda aterrorizar; eso nada más me pasa cuando siento ese nudo… ¿se acuerda?, aquí, en el centro del pecho. Aquella como opresión que le comenté no me dejaba respirar cuando…
– Cuando lo trajo: sí.
– ¿Cuándo traje qué?
– Su reloj ― hala, ya estaba dicho ―; naturalmente.
– ¡Vaya; con lo serio que parece y va a resultar que es usted un bromista!
– Hablo en serio.
– ¿Habla en serio? ¿Me está queriendo decir que de verdad supuso que semejante reloj podía ser mío?
– Es un reloj precioso, sin embargo. No me malinterprete…
– Bueno; no exageremos. Es muy sencillo; nada del otro… aaa. Lo que pasa es que como cuando anda a mí se me quita el… En fin, ya le expliqué…
– Ese es el problema ― y, armándose de valor ―: que no anda.
Ahora ella, en vez de responder, o refutar o rebatir, limitose a cruzarse de brazos y a permanecer unos instantes con la cabeza un poco ladeada y el ceño fruncido; luego abrió los ojos, lo miró con lentitud y repitió, en voz muy baja, como si hablase sólo para sí, no anda.
Suspiró a continuación, abatida; efectuó un leve giro de cabeza, y se sumió en el silencio otro instante antes de, mirándolo rectamente a los ojos, repetir:
– No anda.
Lo dijo en un tono excesivamente neutro, demasiado neutro para poder convencer a él ni a nadie de que no la afectaba.
– No se imaginará nunca hasta qué punto lo lamento; pero: así son las cosas.
– Sí ― admitió ― supongo… En fin ― sacudió la cabeza, e irguió la espalda, y trató de sonreír ―: no importa.
– Claro que importa. Usted se marchó de aquí tan esperanzada…
– Ah, sí… Pero no me lo mencione. Yo, tan contenta que estoy, y usted, en cambio, tan… Y, en cuanto a lo demás ― marcó una pequeña pausa y sonrió, cohibida ―, todo ha sido por mi culpa; causado por esa locuacidad que parece adueñarse de mí cuand… Pero no pasa nada. Centrémonos en el motivo de mi visita y olvidemos…
– Si, claro: el motivo de su visita.
– ¡Eso no!... Después de que he venido precisamente a dárselas.
– ¿El qué?
– ¡Las gracias!
– ¿Las gracias?
– Las gracias; sí. Pero luego nos hemos metido no sé cómo, aunque por mi culpa, ya le digo, por ese terreno tan farragoso del absurdo y…
– Pero ― él ― ¿Qué gracias?
– Vamos ― esta vez su sonrisa fue la de quien quiere hacer todo tipo de paces, haya por lo que haya que pasar; y, en tono de broma ―: acéptelas, simplemente ―. Y, como él permaneciese en silencio, caviloso ―: Porque no irá a despreciármelas, ¿verdad?
– Se está burlando ― con voz dolida él.
– Vale ― de repente pareció no supo él hacerse bien idea de un cómo ni de un qué ―; pero quédeselas… ¿Le importa?
– Se sigue burlando.
– Verá: son unas gracias que las he traído yo, desde muy lejos, elaboradas de forma artesanal con todo cariño y sumo esmero especialmente para usted ¿Va a depreciármelas?
– Está bien ― él, que alargando la mano con un punto de sequedad ―: tenga.
– Oh, no, muchas gracias, no tiene en absoluto que molest…
– No es molestia – sin ablandarse –: tómelo, por favor.
– Es que me hace sentir; no sé… ¡incómoda! Comprendo que lo hace por mera cortesía, pero si por corresponder a mis gracias se va a sentir usted obligado a hacerme un obsequio, pues…
– ¿Quiere cogerlo, y que terminemos con esto de una vez?
– Está bien, ya que tanto insiste… ¿A ver?
¡Anda, pero si era su relojito de arena!
Y que qué gracioso, qué curioso, ¿qué hace aquí? Fíjese que era una tontería pero, cada vez que he buscado este tiempo de atrás algo en el bolso había notado ella que echaba de menos no sabía precisar exactamente qué. Y que debió de ser porque como las mujeres llevan siempre tantos cachivaches y adminículos en los bolsos
que vamos dejando caer de forma automática ahora esto y luego lo otro unos porque no se sabe cuándo y otros por si no se sabe sí… ¿A ustedes no les pasa?– Con el cajón de la mesa, sí; a veces.
– En fin, me marcho…
Pero que había sido un auténtico placer conocerle; la había hecho tan feliz…
Y caminó por la plaza que aquel día parecía más alegre tan llena de las risas de los niños y los cantos de los pájaros; y más limpia, como lavada por las lluvias de las últimas semanas o puede que incluso de los últimos meses.
Cuando estuvo en el centro, uno de sus brazos se agitó en el aire, gritando algo. Y la sombra delgada y frágil de un adiós se desvaneció, cuan larga era, sobre el pavimento.

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