jueves, 24 de enero de 2008

Ella

La recuerdo de forma bastante difusa y es normal teniendo en cuenta que según el recordatorio que encontré entre las páginas de uno de los libros que habían sido de mi padre ella había fallecido en 1952, en el mes de octubre, cuando tenía yo cuatro años.

Un día abrí aquel libro, muchos años después de haber fallecido mis padres y de haber hecho la obra y haber andado moviendo los libros de un lado a otro, desde la librería de puertas de cristal que siempre había estado en la entrada hasta la actual librería de escayola blanca, tan fea y tan desangelada, pasando por las escaleras y el ascensor bajándolos con el resto de las cosas en cajas de cartón para almacenarlos mientras la casa estaba patas arriba en una habitación que me prestó una vecina. Era un libro de Galdós, o de Palacio Valdés, o de Concha Espina encuadernado en tela azul — había muchos encuadernados en tela azul, de distintos autores, y no me fijé en el título —que al parecer nadie habíamos abierto en cerca de cincuenta años.
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