domingo, 1 de febrero de 2009

Hoy, bajo el influjo de

un estado de ánimo muy concreto, mediatizado por una de tantas circunstancias ocasionales de esas que se dan se quiera o no en el acontecer cotidiano, me he parado a considerar ― sin intención quizás de hacerlo, pero por aquello tal vez de que el pensar y el discurrir es algo que, con independencia de una mayor o menor idoneidad de hacer su irrupción en la escena o el sentir de quien ha de vivirlo y soportarlo, parece que como que “va a lo suyo” y allá se las apañe el sintiente o pensante ― mi propia actitud ante el hecho de mi propio hacer.
Me he dicho, en mitad de mi tribulación o de mi angustia, que – como por otra parte y por lógica se dice cualquiera que ha de encarar lo que no quiere y no quiere, tampoco, verse en el brete de desesperarse porque “para qué, a fin de cuentas” ni qué va a remediar el desesperarse – vale. Que vale y que de acuerdo; y que la vida es como es y que depara al que ha de vivirla, a ella, la vida, lo que ella, la vida, bajo sus criterios o motivaciones tan enigmáticos, tiene a bien – o mal o a puritito capricho – el deparar con independencia de valoraciones piadosas que la condicionen a la hora de decirse, ella: pues parece que a tal o cual persona no va a resultar del todo justo el cargar sobre sus hombros y sus circunstancias un peso añadido al que – también por sus circunstancias – ha, ineludiblemente de soportar.
No. La vida es como es y el “viviente” – palabra de mi invención o mi capricho; pero es exactamente a lo que voy y, tal vez, más adelante lo explique (no la palabra sino mi “por qué”) – se la ha de tragar, y de digerir, y coexistir con sus marrones.
Como asunto aparte que así, bote pronto, puede aparentar no tener en principio gran cosa que ver, me he planteado, preguntado a mí misma, qué quiero o qué me exijo, o qué limitaciones o cortapisas asumo o me impongo cuando a la hora de manifestarme, de mostrarme como escritora – que es en realidad lo que soy en esencia, por más que en la vida haya publicado nada y moriré, casi seguro (seguro que moriré, entendámonos); moriré (decía) sin haber demostrado al mundo semejante cosa…
Mis relatos, casi siempre, tienen el aspecto de ser algo que prometía pero no llegó a buen término; o esa es al menos la sensación que yo tengo. La sensación que yo tengo o no tengo en puridad pero me avengo a, por cierto “no sé qué” que supongo instaurado en el juicio del lector hipotético, estigmatizar como defecto.
¿Por qué esa severidad con que me trato y maltrato?
Ante cualquier otra expresión del arte nadie, salvo los más expertos u osados – aunque sí muchos inexpertos con arremango – comete la temeridad de aventurarse opinando acerca de si a las Meninas (por poner por caso y tirar a lo grande) le están faltando ciento veintisiete pinceladas o sobrando treinta y cuatro.
Ningún melómano suele decir, aunque hay de todo, que a tal o cual sinfonía, de Beethoven, por ejemplo y dejando bien de manifiesto que la música no es ni con mucho ni de lejos mi fuerte, le están faltando o sobrando notas por aquí o por allá.
En la poesía…
Hay, ya lo sé, poemas épicos que cuentan, como lo podría relatar una novela pero en verso, larguísimas y muy pormenorizadas peripecias; y de cabo a rabo, con su inicio, su trama, su nudo y su desenlace.
Pero, por lo general, como “hecho puro”, a la poesía se le consiente sin oponer demasiado resistencia que no “relate”, que no “cuente”, que no ponga a quién la lee al tanto y al corriente de los porqués o los orígenes ni de en qué fueron a concluir vaya usted a echar cuentas de qué chismes.
A la prosa, sin embargo, a la palabra escrita en el momento que no está siendo ensayo, ni historia, ni llevando estructura de poema (a veces se me ocurre, aunque no llego a lanzarme, qué tal quedaría una perorata, la que fuese, escrita en renglones cortos… o incluso largos tal que endecasílabos o, esos otros más largos, que no se me viene a la cabeza el nombre, de catorce o de incluso, que creo que los hay, de diez y seis sílabas; pero es, ya digo, una perorata a la que a la hora de la verdad no me lanzo) se le exige, se espera de ella, que deje bien clarito, bien explicado y resulto y a ser posible resuelto para bien y felizmente (o “infelizmente” si la intención es dar un disgusto al que leyere… pues porque se me ha antojado, a mí, esa rima), el porqué y el para qué de lo que aborda.
Y yo, que siempre me digo para mí y en privado que soy una idiota, me regaño cuando, ante esos ciertos “ayes” que la vida endilga, me trago mi marrón y, sin embargo, me siento incapaz, culpable, tramposa, injusta, ante la eventualidad de colocar un marrón obra mía ante los ojos de un lector que “pobrecillo, lo voy a frustrar si no satisfago sus expectativas”.
El vivir no ha satisfecho jamás, plenamente, las expectativas del viviente, pues que en todas las vidas pone “fin” antes de que todo esté bien acabado. Y en el cada día tampoco ocurre; que uno se va a dormir sin haber hecho mucho de lo que sabe muy bien que debía. Y en las conversaciones que escuchamos, ya sea atentamente o nos lleguen a los oídos a retazos, quedan también infinidad de enigmas, y de cabos sueltos, y de buen o mal grado nos conformamos.
Ni siquiera, de las personas que nos son más cercanas y a las que más y mejor conocemos, sabemos muchas veces más allá de su nombre, su profesión, su edad, su lugar de nacimiento y alguna que otra (o una montonera pero “y qué”) circunstancia personal como que, por decir, es casada o viuda o divorciada o tuvo, en la infancia, tos ferina o una bicicleta o madrastra.
Ahí, sin embargo, ahora que caigo – en el caso de las personas que expongo, quiero decir – tenemos aun con datos tan exiguos, argumento para decir “pues, a Fulano, lo conozco yo estupendamente”… Vamos: que puede que para ilustrar lo que estoy queriendo significar no valga.
Y si vale como si no – hay que ver lo fatal que van escritos los casi tres folios que llevo, pero es que no es este ni con mucho uno de mis mejores días (aunque me aguanto, igual que me tengo que fastidiar cuando, sin ganas de verme ni de ver al mundo, tengo que salir a la calle y dejar ver mi pelo no a lo mejor del todo limpio o mis ojeras) –, si vale como si no vale, y que sea lo que Dios quiera, usted, el que lo lee, ya lo ha leído y yo no voy a, a toro pasado, echarme atrás.
La vida no se echa atrás.
La vida no pide permiso para suceder; ni pide perdón por su mal proceder…. Y eso que hace, a veces, mucho, pero que mucho daño.
¿Puedo yo, pobre mortal, causar con mi literatura más o menos discutible (no diré “discutida” como el presidente Zapatero dice de la nación española porque de mi literatura, como nadie la conoce, nadie discute), ni la milésima parte del daño que ocasiona la vida?
Así que, creo, voy a dejarme de pudores, y escribir lo que quiera y cuando quiera y como quiera cuando pueda porque, y esa es otra, hace falta mucha, pero que mucha inspiración o arrestos para, aunque sea mal, hacer cara al mal encare, despiadado, implacable y cruel del papel en blanco.
Si me echa usted un vistazo otro día a lo mejor hasta le gusto a pesar de que lo que pueda leer de mí, ya se lo informo, esté una vez más bien planteado y con un cierto aire prometedor, pero… pues eso que le decía al principio: que como que sin terminar o a medias.

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