domingo, 18 de julio de 2010

Congoja

Una mancha en honor avergonzada pide auxilio a gritos a un recato que se hace el loco de tan mala manera, con tan poca pericia y tal derrochar de morisquetas estrafalarias y fuera de su sitio que la mancha, indignada, le da la espalda y busca, entre los arrayanes, el hacha de cobalto que dé fin, muerte a su ira.
Pero no lo encuentra y, en su lugar, acuna una modorra los destrozos del color del alumbre de un mestizo, impuro, color de sombra de pesadilla hermética que abierta, muy casi por completo abiertamente y al margen impasible de alborotos alegres que en los cueros juegan a la comba o al corro enfebrecidos, se muestra, sin empacho,  de par en par  inquieta en su regazo.
Quiere entonces la mancha en su congoja encubrir su imperdonable error bajo el arrullo del latido del corazón de oro, nada humano, que cobija el palpitar de los arroyos de silencios que trepan, espantados de la inmensidad de tiempo muerto en que se ahogan , enredándose,  en los deshilachados flecos estupefacto de las piedras.
Y siguen los alborotos sin vestido dando vueltas en torno a los torrentes de guirnaldas, rojas, azules, verdes, amarillas, rumorosas de acebuche y olorosas de hielos que arrebolan, derrotados, hiriendo con su no estar las hondas penas de viejas desdentadas que se engolfan en el insuflar de flatos y de eructos los pálidos  ascensos de la hiedra, las mejillas de rosa de las chirlas.


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martes, 13 de julio de 2010

Cuatro esquinas

Llegan por las cuatro esquinas gentes que corren y cuentan; y unas gritan, y otras lloran, y otras prorrumpen en risas y otras mesan sus cabellos y se desgarran las roncas voces de los que al temerlas claman clemencia a quien porta, enarbolados en alto, hachones, cirios o antorchas.
¿Qué gritan aquellas gentes?
¿Qué cuentan aquellas otras?
¿Qué hace correr a unas tantas?
¿Qué gemir a las que lloran?
¿Qué reír a las contentas y qué ondear las banderolas que anudadas a sus lanzas portan los que caballeros  a lomos de sus monturas  cantan canciones de hazañas, de proezas y de gloriosas batallas que se libraron sin derramar ni una gota de sangre de los vencidos que lejos de sufrir daño se alzaron con la derrota rutilante y victoriosa de vejaciones y afrentas, de humillación y de mofas?
Nubes de polvo a lo lejos del camino sin retorno de la tornadiza suerte que da espaldas, pescozones, patadas en espinillas de empinados  alimones de enemistados compinches que se reparten los pobres desechos de los desgarros de cúmulos de abubillas que atolondradas se embeben en humores de mugrientas serosidades costrosas.
Y por detrás los que azuzan, y a los lados los que encubren con sus silencios las mórbidas turbamultas de los gélidos arrabaleros vulgares, malnacidos, traficantes de bienes y de tesoros que no arrancaron a nadie ni a ninguno de los tórridos camposantos que se esparcen por las laderas del este y al sur de ninguna parte.
Y en el cielo las cenizas que arrojaron de sus vientres y sus entrañas sangrientas los monstruos de sinrazones ni entendimientos de cuándos ni de porqués ni de dóndes han de proceder las preces, los ruegos que pronunciaran por contentar a los dioses de la lluvia y de los mares y del viento y de los soles por que les dieran alguna de las muchas bendiciones que repartieran ya antes de que nacieran los hombres ninfas náyades y amores.

sábado, 10 de julio de 2010

Una caja de galletas

que la tía Tirrena guardaba en uno de los cajones de su cómoda. La encontramos mucho tiempo después de su muerte porque la la prima Práxedes nunca encontraba el momento de desprenderse de la casa; decía que le ponía un nudo en el estómago tener que vaciarla, y tener que abrir y mirar tantas cosas en tantos cajones y aparadores. Por eso la casa estuvo cerrada muchos años, sin tocar, con todas sus cosas.
Entonces, cuando se decidió a venderla, es cuando encontramos la caja, y la fotografía del abuelo Crisóstomo*, y otra fotografía que supusimos que era de los bisabuelos Montano y Nuncia, pero sin seguridad porque nosotras como es natural no pudimos conocerlos jóvenes, o por lo menos no tan jóvenes como aparecían en aquella foto.


*Mi hermana decía siempre que aunque yo era envidiosa era a mí a quien él más quería. Pero no, yo sé que la quería más a ella. 

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