domingo, 18 de julio de 2010

Congoja

Una mancha en honor avergonzada pide auxilio a gritos a un recato que se hace el loco de tan mala manera, con tan poca pericia y tal derrochar de morisquetas estrafalarias y fuera de su sitio que la mancha, indignada, le da la espalda y busca, entre los arrayanes, el hacha de cobalto que dé fin, muerte a su ira.
Pero no lo encuentra y, en su lugar, acuna una modorra los destrozos del color del alumbre de un mestizo, impuro, color de sombra de pesadilla hermética que abierta, muy casi por completo abiertamente y al margen impasible de alborotos alegres que en los cueros juegan a la comba o al corro enfebrecidos, se muestra, sin empacho,  de par en par  inquieta en su regazo.
Quiere entonces la mancha en su congoja encubrir su imperdonable error bajo el arrullo del latido del corazón de oro, nada humano, que cobija el palpitar de los arroyos de silencios que trepan, espantados de la inmensidad de tiempo muerto en que se ahogan , enredándose,  en los deshilachados flecos estupefacto de las piedras.
Y siguen los alborotos sin vestido dando vueltas en torno a los torrentes de guirnaldas, rojas, azules, verdes, amarillas, rumorosas de acebuche y olorosas de hielos que arrebolan, derrotados, hiriendo con su no estar las hondas penas de viejas desdentadas que se engolfan en el insuflar de flatos y de eructos los pálidos  ascensos de la hiedra, las mejillas de rosa de las chirlas.


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