jueves, 30 de septiembre de 2010

Mi corazón y el mar

Como los peces se habían ido a los bocadillos del sermón de la montaña ya estábamos solos mi corazón y el mar comiéndonos, nerviosos y bastante cohibidos, las respectivas uñas y buscando ― él a su manera y yo a mi modo ― por entre las conchas de coquinas verdinegras arrastradas en su batir cansino hasta la orilla, un tema del que hablar o en torno al que, caso de no encontrarlo o de no haberlas, guardar algún silencio que no fuese a la larga, muy larga de nudos en la garganta espera, avergonzarnos el haber elegido conservar, salvar, hurtar a la extrañeza.

Parpadeó y, uno pequeño, rezagado, de escamas opalinas que pensamos había seguido la partida de su raza, le dio irritado en su extremo casi-nada-ser un coletazo que lo hizo, desatendiendo los latidos de éste, estremecerse en toda la profundidad de sus ignotas simas que, arrojando en un profuso vomitar de espumas laceradas no perlas sino sapos y culebrillas angostas y errabundas y sin nácar, lo dejó como inerme o estrambótico y, al que en mi por alentar se denodase, apenas con arrestos para sin enajenación de su obturado acuerdo de ser hasta su fin latido mío, cantarle, sin pudor ni estertor, un bolero o las cuarenta o la gallina de pico romo y como al sesgo en crípticos requiebros o cumplidos, completos, saturados, de rodares de ruedas de molinos que giran y se agostan y se espantan y horadan el insomne estrangular de mil vinilos.

Latió al fin, y pestañeó en su arrastrar su desganado ritmo el mío herido ya por un rayo escondido, de azul, que se escurrió estafado, aullando en el instante agudo del cuclillo, inmolador, innombrable, atenazado, clavando en sus palmas las agujas de cientos de pequeños amorcillos de nadas, de estampidas, de galopar en alto de estandartes, de escindidos azares de holocaustos, como fines, como estráticos amaneceres de amantes que se esquivan, como arranques ralos de flores secas al borde de senderos que desvían la recta sinuosidad de lo oprimido y, en el fondo, atardeceres a la espera, espesa, decorada de bruñidos acordes de fragmentos de otros tantos dislocándose y dejando, en su decrepitar, la carne en vivo retrato, escorzo, bosquejo desteñido de oblongas, amoratadas madreselvas o hinojos rododendros o escotillas; como llamas que lamen y que matan a los muertos que escarban en sus vidas de agosto, ya sin brotes, sin hijos que mecer en cunas sin orígenes, ni cuentos que contarles ― al amor o al olvido que se infiltran o expanden ― de oleajes de calostros manando de sus pechos y sus manos que hacen trizas los restos calcinados de octavillas consignando ayer, cuando despiertes, será el día.

Guárdate de mí; le musito a mi oído.

Bataholas de querubines


Bataholas de querubines al socaire de palímetros, enardecidos o en sordina, desgajando aspersores herrumbrosos de mirlos sin remiendos y, en el atardecer de la mañana augusta, el regurgitar ignominioso de cornudas que, atrincheradas en su muelle hipando, conjugan en quebrantos la torva extradición que las malquista.
*
Cálmicos recónditos crustácicos perfiles de poliédricos amórficos  mohines ascienden desdoblando los baldones de plintos o mojones o las cruces que desmarcan, descuentan, se los quitan, sumandos decimales de febriles que sumidos en modorras intestinas se baten en retiradas de manteles de mesas rebosantes de manjares que llenan, empachan sin saciar las ignorancias harto ahítas.
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Modificación a la normativa dictada el pasado miércoles, 29 de septiembre de 2010, en referencia a la correcta exhibición en los escaparates de determinados productos.

A la vista de la estupefacción que ha cundido entre los comerciantes de la zona no entendiendo determinados puntos de la mencionada normativa sin que desde esta Administración alcancemos a comprender los motivos pese a las prolijas explicaciones con que nos han reconfortado nuestros varios centenares de asesores ni llegando a tener claro qué se pone en los escaparates, ni cuándo se pone, ni dónde ni cómo  se pone ni si arriba o abajo ni junto a qué y a juzgar por lo que se desprende de las protestas  pero siendo plenamente consciente, eso sí, esta ya citada Administración de  lo no sólo necesario  sino del todo imprescindible que su cumplimiento ha de resultar para la convivencia sin roces entre los habitantes y vecinos se procede a la modificación de que se advierte quedando, por tanto y con carácter retroactivo e irrevocable,  redactada la susodicha normativa como sigue:
Los paquetes de filtros de cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados de antemano con los distribuidores de alas para sombrero porque estos últimos, los distribuidores y con mayor encono, paradójicamente, los de alas para sombrero que los de verdor para botellas que fueron quienes en cierta ocasión (y con motivo de andar malhumorados los segundos no sabiendo si las botellas iban o contener vino o blanco o vino tinto aun con la particularidad de que es de dominio casi público que el tono es totalmente diferente) miraron muy mal a los primeros y estos se sintieron ofendidos; no dejando de reconocer, por añadidura,  los de las alas,  que la actitud no del todo cordial de los paquetes no es para con ellos sino  para (y por esa quizás especie de empatía que se da entre  dos sentimientos tan próximos como son el de inferioridad  y el de estulticia) con los de verdor para botellas, los que en verdad pero (y por culpa de la malhadada suerte que hizo que la concreción del tono no llegase en el plazo debido) sin querer los ofendieron  se ponen pesadísimos quejándose, y murmurando entre dientes, con que “vaya muermo de exhibición que nos espera”.
Esta Administración ha dispuesto por tanto y al objeto de evitar que la situación llegue a ser decididamente tensa autorizar a los filtros, debidamente empaquetados y con sus correspondientes precintos, a que se coloquen donde gusten y con independencia de que los escaparates en que hallaran satisfactorio acomodo se encontrasen ubicados en establecimientos sin concertar o, llegado el caso que esta Administración deseosa de ser en todo momento competente no puede dejar de ignorar ni consignar, francamente desorientados o atribulados o confusos.


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martes, 28 de septiembre de 2010

A vosotros

Lazos de margaritas acaracoladas sumergiéndose en lo alto de las almenas desplegadas de una reata de cisnes que no saben esculpir petroglifos en las arrugas combas de reptiles sin alas gorgojando inmunes y despedazados junto a los esqueletos descarnados de marfiles sin brillo.
*
Escaramuzas doblegándose impolutas, deformes y estragadas, concomitando sin rebozo contra los alaridos de los encendedores; premisas impostadas describiendo alcanfores y, en el torso, tatuajes de ruibarbos angulosos.
*
Contrafuertes ruidosos de colmenas azules y aniñadas que percuten, alerta, el deslizar taimado de las estaciones con ombligos que laten, como silbidos, recordando a los despertadores que no hay ya, en el alfeizar desdentado, otro desmenuzar de clavicordios que el ronquido, pausado, un poco huidizo, de glorietas que guardan sus bolillos.
*
Cariátides, conjuros, una porción de contratiempos amarillos y, de fondo, rostros estabulados y omniscientes descargando, sobre las coincidencias, todo un caudal oloroso de hornillas restregando contra vientos y después pronósticos espeluznos teñidos de dientes amodorrados de vampiros sordos.
*
Tiradores de puertas a platos en domingo una mañana de abril sin surcos de rocío que se derrita, al calor de escafandras de colores que despegan sin daño  larvas de camposantos florecidos; sin olvidar, entre tanto, desleír la parte proporcional de juego sucio en la mitad de un vaso de estornino.
*
Malformaciones consultadas al dejarse describir de la deriva constiparon los latidos de pitones desflorados de estiércol desterrado de algún remoto muy estorbado rincón de ambiciosos hipocampos relucientes que, al paso de los cuervos, resoplan inconclusos al acento.

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lunes, 27 de septiembre de 2010

Introspección o algo así

Sería aventurado, y pronto para poder decir que hayan sido las musas; pero los hados sí que se han mostrado favorables y han acudido en mi ayuda.
Después de meses  que serían años, pero me siento con ánimo benevolente como para transigir con el hecho de que…  bueno,  y de que mal o bien o a trompicones algo suelto o inconexo sí que he escrito en los últimos tres lustros en un algo así como “dique seco” hoy he amanecido con una predisposición que no reconocía en mí desde hace mucho tiempo.
Me he dicho se humilde, y lo importante es ponerse, romper el hielo y lanzarse con determinación (“aunque tal vez en un primer momento sea fingida”, que también me lo he dicho) a, por decirlo de manera muy concisa, lo primero que se tercie.
En mi obsesión por lograr eso que yo he dado en denominar “literatura abstracta”[1] – que a lo mejor ya existe, pero como yo no lo sé o no la he leído no me parece deshonesto arrogarme la cualidad de ser quien ha inventado el término – pretendo empezar con abstracción ya desde la primera palabra; y eso es un entrar a saco en lo que quiero entrar que, para qué serviría o me ha servido durante el largo bloqueo que he vivido el engañarme, no resulta, o no de buenas a primeras, o no por el momento.
He optado por avenirme, por tanto, a aceptar lo que el entorno o las circunstancias ofrezcan o propicien y, desde ahí, y sin obsesión por ceñirme a parámetros concretos más o menos rígidos, arrancar aunque sea un poquito a la buena de Dios y sin más expectativa u horizonte que el que alienta al que se va a someter a una evaluación o un examen y (con independencia, en todo caso, de hasta qué punto o no punto el examinando esté dominando la materia objeto de la tal evaluación o el tal examen) acepta que puede aprobar, o suspender, o sacar un aprobadillo raspado en la esperanza de que el resultado no será enteramente malo atendiendo a absolutamente todos los parámetros que puedan aplicarse a la hora de evaluarlo.
Los parámetros, aparte de lo que para mí sea la literatura que yo deseo como  “la literatura diferenciada e inconfundible o inimitable escrita por mí”  o  sí imitable, pero siendo yo quien la inicia, o da los primeros pasos en ella, o tan sólo y aunque nada más fuera la bosqueja y, algún día, será un estilo literario con su propio marchamo en manos del que sepa o quiera utilizarlo ―, pueden ser muchos y variopintos aun a mi pesar y al pesar de mis preferencias.
Un texto puede ser válido porque esté gramatical y sintácticamente   (o a lo mejor incluso con una de las dos cosas bastará, si la “cosa” está en sí misma y en atención a su propio objetivo “lograda”) bien escrito, o porque una idea esté bien planteada ― pudiendo, por qué no, ser una idea abominable; lo que hará malo a un texto  en cuanto a hecho literario no será el cantar las bondades de ser un sacamantecas o un imbécil; o elogiar como virtud cardinal la lujuria o como paradigma de la belleza a… bueno, alguien feísimo ―, o porque esté plasmado en él con claridad lo que el que lo redacta quiere plasmar, o porque aun albergando serías dudas de ser capaz de precisar qué es lo que quiere plasmar se las ingenia para reflejar, con no menor claridad, cuáles son sus dudas o qué   ignora o desconoce acerca del tema que lo ocupa. Puede ser válido también cuando estando francamente mal escrito su contenido ético o moral esté siendo irreprochable.
Atendiendo a esta diversidad de consideraciones es como me he resuelto a adoptar como disciplina el escribir, sin pararme demasiado en barras ni dar mucha cancha a la presión ejercida no sé si por mi propia sensibilidad o por mi propio intelecto (sea éste el que sea y llegue donde llegue o donde alcance), todos los días acerca de, sencillamente, ya lo he dicho, lo que se tercie.
No será en la mayoría de los casos lo que yo denominaré literatura, o no la literatura (insisto) que yo quiero y busco para mí, pero será incluso en el peor de los casos posibles un rodaje, un no dejar de ejercitarse,  un no perder terreno ni dejar de favorecer facultades que, si están ahí, por qué no dejarlas crecer y, sin perjuicio de su libertad, disciplinarlas (en el mejor y menos inquisitorial de los sentidos de la palabra “disciplinar”) y conducirlas, encauzarlas por el camino que yo quiero.
El camino que yo quiero es, por poner algún ejemplo, algo en la Línea de Moradas, o de Vacas, o de Nubes, o de Huellas en la harina[2], o de Velo de silencios, o de algunos de los pasajes o capítulos o como se los pueda llamar de Versaciones de un chupaplumas.
Todo lo demás, lo que se adecúe con menor o hasta con la mayor de las fortunas a las normas de la narrativa, será, sí, pero no en toda su puridad literatura, no “mi literatura” aunque esté escrito por mí.


[1] Busco en internet y veo que hay una web que se llama “literatura abstracta”. Así que ya existe y, la mía, pues se llamará como se llame, pero será diferente y será mía.
[2] Ver en el comentario de fecha 2 de junio de 2010 17:27   del  blog La aventura del pensamiento, editado por el Aventurero y que recoge los textos del libro titulado 49 respuestas a la aventura del pensamiento, de Eduardo Pérez de Carrera.



domingo, 26 de septiembre de 2010

Moradas

En el extremo de las moradas interiores había monjas de ojos saltones que profanaban la clausura de los festejos conmemorativos del centenario de la fundación de la orden que, llegada por correo certificado y con el sello de “urgente”, no daba lugar a interpretaciones caprichosas ni malintencionadas en lo referente a que, bajo ningún concepto, estaba permitido a la feligresía el acudir a presenciar las ejecuciones de obras musicales o pictóricas llevadas a cabo por los aficionados a embadurnar lienzos y tocar ahora pitos y acto seguido flautas sin poseer los más elementales conocimientos artísticos ni verse, aunque fuera nada más desde muy lejos, adornados del menor sentido estético.
Ellas, pobrecillas, se esforzaban con denuedo por deslucir los actos de inhabilitación de los que reuniendo todos los requisitos necesarios para ser quienes dieran lustre y brillo al gozoso evento contemplaban ahora, desolados, cómo se los ninguneaba para, en su lugar, en cada uno de los lugares que por orden de inscripción se les había asignado, colocar a unos desconocidos que, sin arraigo alguno en el lugar ni respeto a sus ancestrales costumbres, iban a ser los agasajados y aplaudidos porque, ya se sabía o debería saberse al cabo de un siglo de monserga machacona y ni ellas aun en su inocencia podían ignorarlo una vez fracasadas las gestiones llevadas a cabo por la superiora ante los organismos pertinentes con el fin de que se las eximiera de semejante tropelía,  la gente es muy voluble y sus convicciones tan endebles que salvo con muy raras excepciones se dejaría engatusar por lo que alguien, con toda sencillez y un hilo de voz, sin darse la menor importancia, denominó cantos de sirena “que nos arrastrarán, ya lo veréis, hacia los acantilados del desastre” levantando, sin percatarse, la moral de los que tentados en un momento de darlo todo por perdido sentían resurgir el espíritu combativo que, en otro momento aún por determinar pero aquello ya era algo y las monjas bien podían aprovechar el impasse para retirarse a orar o a ingerir un frugal refrigerio mientras los estudiosos, provistos de los más sofisticados artilugios de cálculo, se aprestaban febriles a echar cuentas ―, alentara en los habitantes de las otras moradas, las exteriores, espíritu que los de aquí habíamos sabido ganar para nuestra causa y no íbamos a permitir que una panda de advenedizos  nos arrancase ni de las manos ni de nuestras almas.
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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Texto 2.4

Publicado por  el sep 1, 2010 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.4 “De estos matices, que desde hace miles de años estudiaron los antiguos físicos, brujos y magos, descendieron el aluvión de quiromantes y adivinos que con más o menos veracidad y fortuna inundan los mercados para revelar a las gentes lo que generalmente ya saben”.

Isabel Segunda
12 septiembre, 2010
En todo lugar al que acuden muchas personas, ya se trate de un lugar real o virtual, y más si el lugar es un blog como este en el que se tratan temas tan intangibles pero tan estrechamente relacionados con el mundo de las emocione y los sentimientos y los yoes (que son perfectamente prescindibles, los yoes, pero tan irrenunciables que aparecerán, taimados, a la primera vuelta de cualquier esquina de tal punto o cual coma), es inevitable que surjan puntos, o cuestiones, donde al margen de la teoría ― o de la cavilación, o del intento de plasmar qué sugiere cada uno de los textos del autor ― entre en escena el factor humano. Somos gentes que nos estamos relacionando de forma no tan igual, claro está, pero tampoco tan diferente a como se relacionaría cualquier otro grupo de seres humanos.
En todas partes, trátese de un centro de trabajo, o de un lugar de ocio, o de cualquier tipo de club o asociación donde acuden personas cuyo interés común puede ir desde la degustación de café (estoy poniendo sólo ejemplos) al aprendizaje de la papiroflexia terminará, antes o después y con independencia de cuál haya sido en un principio el móvil, por ponerse de manifiesto y no ser del todo obviable que las características individuales de cada uno de los componentes del grupo adquiere su peso y toma su arte y su parte.
Cuando esas relaciones que se establecen son en vivo y en directo y cara a cara se dispone del tono de voz, de los gestos, de los silencios, de una risa, de una broma, del movimiento de las manos, de un cruzar o descruzar las piernas, de una frase aislada que se cruza en la conversación, del saludo o la intervención de un tercero que incorpora un nuevo tono o un nuevo ritmo, del semblante de un interlocutor en el que notamos (tal vez) que hay algo que no está siendo como lo vimos el día anterior… Y la vida sigue, y se va conformando un clima y un ambiente en el que se establecen afinidades y distanciamientos; y no sólo afinidades y distanciamientos sino situaciones tan perplejizantes (me temo que me termino de inventar la palabra, pero ha salido recientemente la nueva edición del diccionario de la RAE que es, al parecer y por lo que he oído y con todos mis respetos a la divinidad, un sin Dios; así que por qué esta pobre palabreja no) como el sentir que alguien cuyas opiniones compartes y cuyos criterios admiras tiene tal o cual característica que no te agradan o, caso enteramente contrario, te inspira una enorme simpatía ― por las razones que sea, como pueda ser su sentido del humor, por ejemplo, con todo lo resbaladizo que puede ser un sentido tan… (Vamos a dejarlo en puntos suspensivos) ― pero, iba diciendo, estás con él (o ella) en total y absoluto desacuerdo.
Y así se va configurando el mundo de las amistades, y el de los álguienes a quienes se conoce de pasada, y el de los quíenes por cuyo bienestar te esforzarías haciendo a un lado el propio bienestar o los propios interés, y el de otros quiénes a los que cuando tienes noticia de que atraviesan por una dificultad les deseas que todo se resuelva para bien mostrándoles la más amable de todas tus sonrisas; y el de los quiénes, ¿por qué no?, que te dan cortésmente las gracias con la más amable de las sonrisas suyas.
Y con todo ese cóctel de gestos, tonos, silencios, bromas, algún que otro desplante e inflexiones de la voz y sonrisas nos vamos haciendo, todos, una composición de lugar de en qué ámbito nos movemos y…
Me doy cuenta, entre tanto, de que la extensión de los comentarios admite un número determinado de caracteres y de que en este momento voy, exactamente, por 3.585 (aunque con espacios, eso sí) más los que se haya llevado el relatar que los he contado, de modo que… Fíjate: 3.701, que me he plantado en ellos sin sentir como quien dice y en menos de dos renglones cuando, tengo cierta idea, de que el límite está en 4.064…
Me doy cuenta, también, de que… Pero dado que tal y cómo están las cosas no voy a poder contarlo (3.946 más los paréntesis más “más los paréntesis”) corto y sigo en la “continuación”.
(4.032)
  1. Isabel Segunda
    12 septiembre, 2010
    Esta “continuación” y este papel en blanco (aunque con esto del internet ya nada es lo que era) me dan un respiro, un margen de maniobra, y la posibilidad de expresarme con una cierta coherencia aunque ― eso seguro y con ello ya cuento ― nunca con más de la que de por sí me adorne en mi mismidad y por mi propia congruencia.
    Me doy cuenta también ― a lo que iba ― de que con esta disertación mía puedo estar saliéndome del tema central (e incluso de los temas laterales) que aquí nos ocupan. Entiendo, al mismo tiempo, que puedo aburrir a muchos de los participantes y eso, a qué negarlo, me produce también un punto de desasosiego, una sensación de timidez o de pudor o de culpa por estar robando el suyo (tiempo) al que leyéndome estará posponiendo el utilizarlo en algo mucho más interesante y de mejor provecho; pero es esta una circunstancia (la de la timidez y el pudor y la culpa) que, en un intento tal vez muy desmañado de desterrar terrores infantiles ― que deberían, a la vista de las décadas que pesan sobre mis espaldas y de mis patas de gallo y de mis canas, estar más que superados ―, voy a pasar por alto considerando (me voy a permitir opinar que muy acertadamente) que quien no quiera leerme me saltará; y todos tan amigos.
    Y con todo ese cóctel de gestos, tonos, silencios, bromas, algún que otro desplante e inflexiones de la voz y sonrisas nos vamos haciendo, todos, una composición de lugar de en qué ámbito nos movemos y…― que me lo he pegado aquí para tener a la vista el hilo y el norte por el que estoy intentando guiarme (y ya sigo) ― las composiciones de lugar de los otros.
    Son composiciones que en todo caso van a resultar incompletas o, en el mejor de los casos, no poco desvirtuadas.
    Se puede decir “hola, tesoro” y se puede decir “bonito día” con independencia en ambos casos de que te estés en verdad dirigiendo a una alhaja o de que el tiempo esté siendo un horror de chuzos de punta y vendavales; quien te esté escuchando podrá hacerse, y se la hará, una idea de si estas utilizando o no el sarcasmo, o de si tienes un gusto deplorable.
    El lenguaje escrito se ve muy limitado en ese aspecto, y más cuando los que nos leemos los unos a los otros no tenemos la más remota noción de quién ni cómo es cada uno de esos otros, y más aun cuando lo que escribimos no son las narraciones o relatos a los que se entregaría un escritor a la hora de verter sobre el papel sus fantasías o inquietudes o tesis o elucubraciones con la seguridad y el aplomo que debe de dar, sin duda, el ser consciente de estar escribiendo justo sobre aquello acerca de lo que, por las razones que fuere, ha decidido escribir.
    Aquí también se elige, desde luego, que bien puede uno optar por ser sólo lector o, si el tema de que se trata no interesa, cerrar el blog. Una vez que se elige participar, sin embargo ― y aunque se haga de forma más o menos intermitente ― se están asumiendo de forma más o menos tácita los inconvenientes y los riesgos de apreciación propia y ajena, y dando por sentado que cualquier cosa que se escriba va a recibir su réplica.
    Y en esas réplicas, y en la forma de emitirlas y de recibirlas, va a ir implícita, serpenteando por entre los puntos y las comas, una suerte de mensaje cifrado que va a quedar al albur y merced del que sepa o no sepa interpretarlo al amparo, tan sólo, de esa cosa tan denostada y cuestionable que ha dado pie a lo largo de siglos a tantos enfrentamientos y tantas guerras, la subjetividad; más irrenunciable y necesaria que la más deseable de las virtudes que puedan adornar al más perfecto de los seres que existan sobre la Tierra, o fuera de ella, en tanto, al menos, que perseveremos en el intento de llegar al fondo de la verdad, en grande y absoluta, alcanzada por esos raros, contadísimos seres, que son sin imitar.

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