domingo, 26 de septiembre de 2010

Moradas

En el extremo de las moradas interiores había monjas de ojos saltones que profanaban la clausura de los festejos conmemorativos del centenario de la fundación de la orden que, llegada por correo certificado y con el sello de “urgente”, no daba lugar a interpretaciones caprichosas ni malintencionadas en lo referente a que, bajo ningún concepto, estaba permitido a la feligresía el acudir a presenciar las ejecuciones de obras musicales o pictóricas llevadas a cabo por los aficionados a embadurnar lienzos y tocar ahora pitos y acto seguido flautas sin poseer los más elementales conocimientos artísticos ni verse, aunque fuera nada más desde muy lejos, adornados del menor sentido estético.
Ellas, pobrecillas, se esforzaban con denuedo por deslucir los actos de inhabilitación de los que reuniendo todos los requisitos necesarios para ser quienes dieran lustre y brillo al gozoso evento contemplaban ahora, desolados, cómo se los ninguneaba para, en su lugar, en cada uno de los lugares que por orden de inscripción se les había asignado, colocar a unos desconocidos que, sin arraigo alguno en el lugar ni respeto a sus ancestrales costumbres, iban a ser los agasajados y aplaudidos porque, ya se sabía o debería saberse al cabo de un siglo de monserga machacona y ni ellas aun en su inocencia podían ignorarlo una vez fracasadas las gestiones llevadas a cabo por la superiora ante los organismos pertinentes con el fin de que se las eximiera de semejante tropelía,  la gente es muy voluble y sus convicciones tan endebles que salvo con muy raras excepciones se dejaría engatusar por lo que alguien, con toda sencillez y un hilo de voz, sin darse la menor importancia, denominó cantos de sirena “que nos arrastrarán, ya lo veréis, hacia los acantilados del desastre” levantando, sin percatarse, la moral de los que tentados en un momento de darlo todo por perdido sentían resurgir el espíritu combativo que, en otro momento aún por determinar pero aquello ya era algo y las monjas bien podían aprovechar el impasse para retirarse a orar o a ingerir un frugal refrigerio mientras los estudiosos, provistos de los más sofisticados artilugios de cálculo, se aprestaban febriles a echar cuentas ―, alentara en los habitantes de las otras moradas, las exteriores, espíritu que los de aquí habíamos sabido ganar para nuestra causa y no íbamos a permitir que una panda de advenedizos  nos arrancase ni de las manos ni de nuestras almas.
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