miércoles, 1 de septiembre de 2010

Texto 2.4

Publicado por  el sep 1, 2010 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.4 “De estos matices, que desde hace miles de años estudiaron los antiguos físicos, brujos y magos, descendieron el aluvión de quiromantes y adivinos que con más o menos veracidad y fortuna inundan los mercados para revelar a las gentes lo que generalmente ya saben”.

Isabel Segunda
12 septiembre, 2010
En todo lugar al que acuden muchas personas, ya se trate de un lugar real o virtual, y más si el lugar es un blog como este en el que se tratan temas tan intangibles pero tan estrechamente relacionados con el mundo de las emocione y los sentimientos y los yoes (que son perfectamente prescindibles, los yoes, pero tan irrenunciables que aparecerán, taimados, a la primera vuelta de cualquier esquina de tal punto o cual coma), es inevitable que surjan puntos, o cuestiones, donde al margen de la teoría ― o de la cavilación, o del intento de plasmar qué sugiere cada uno de los textos del autor ― entre en escena el factor humano. Somos gentes que nos estamos relacionando de forma no tan igual, claro está, pero tampoco tan diferente a como se relacionaría cualquier otro grupo de seres humanos.
En todas partes, trátese de un centro de trabajo, o de un lugar de ocio, o de cualquier tipo de club o asociación donde acuden personas cuyo interés común puede ir desde la degustación de café (estoy poniendo sólo ejemplos) al aprendizaje de la papiroflexia terminará, antes o después y con independencia de cuál haya sido en un principio el móvil, por ponerse de manifiesto y no ser del todo obviable que las características individuales de cada uno de los componentes del grupo adquiere su peso y toma su arte y su parte.
Cuando esas relaciones que se establecen son en vivo y en directo y cara a cara se dispone del tono de voz, de los gestos, de los silencios, de una risa, de una broma, del movimiento de las manos, de un cruzar o descruzar las piernas, de una frase aislada que se cruza en la conversación, del saludo o la intervención de un tercero que incorpora un nuevo tono o un nuevo ritmo, del semblante de un interlocutor en el que notamos (tal vez) que hay algo que no está siendo como lo vimos el día anterior… Y la vida sigue, y se va conformando un clima y un ambiente en el que se establecen afinidades y distanciamientos; y no sólo afinidades y distanciamientos sino situaciones tan perplejizantes (me temo que me termino de inventar la palabra, pero ha salido recientemente la nueva edición del diccionario de la RAE que es, al parecer y por lo que he oído y con todos mis respetos a la divinidad, un sin Dios; así que por qué esta pobre palabreja no) como el sentir que alguien cuyas opiniones compartes y cuyos criterios admiras tiene tal o cual característica que no te agradan o, caso enteramente contrario, te inspira una enorme simpatía ― por las razones que sea, como pueda ser su sentido del humor, por ejemplo, con todo lo resbaladizo que puede ser un sentido tan… (Vamos a dejarlo en puntos suspensivos) ― pero, iba diciendo, estás con él (o ella) en total y absoluto desacuerdo.
Y así se va configurando el mundo de las amistades, y el de los álguienes a quienes se conoce de pasada, y el de los quíenes por cuyo bienestar te esforzarías haciendo a un lado el propio bienestar o los propios interés, y el de otros quiénes a los que cuando tienes noticia de que atraviesan por una dificultad les deseas que todo se resuelva para bien mostrándoles la más amable de todas tus sonrisas; y el de los quiénes, ¿por qué no?, que te dan cortésmente las gracias con la más amable de las sonrisas suyas.
Y con todo ese cóctel de gestos, tonos, silencios, bromas, algún que otro desplante e inflexiones de la voz y sonrisas nos vamos haciendo, todos, una composición de lugar de en qué ámbito nos movemos y…
Me doy cuenta, entre tanto, de que la extensión de los comentarios admite un número determinado de caracteres y de que en este momento voy, exactamente, por 3.585 (aunque con espacios, eso sí) más los que se haya llevado el relatar que los he contado, de modo que… Fíjate: 3.701, que me he plantado en ellos sin sentir como quien dice y en menos de dos renglones cuando, tengo cierta idea, de que el límite está en 4.064…
Me doy cuenta, también, de que… Pero dado que tal y cómo están las cosas no voy a poder contarlo (3.946 más los paréntesis más “más los paréntesis”) corto y sigo en la “continuación”.
(4.032)
  1. Isabel Segunda
    12 septiembre, 2010
    Esta “continuación” y este papel en blanco (aunque con esto del internet ya nada es lo que era) me dan un respiro, un margen de maniobra, y la posibilidad de expresarme con una cierta coherencia aunque ― eso seguro y con ello ya cuento ― nunca con más de la que de por sí me adorne en mi mismidad y por mi propia congruencia.
    Me doy cuenta también ― a lo que iba ― de que con esta disertación mía puedo estar saliéndome del tema central (e incluso de los temas laterales) que aquí nos ocupan. Entiendo, al mismo tiempo, que puedo aburrir a muchos de los participantes y eso, a qué negarlo, me produce también un punto de desasosiego, una sensación de timidez o de pudor o de culpa por estar robando el suyo (tiempo) al que leyéndome estará posponiendo el utilizarlo en algo mucho más interesante y de mejor provecho; pero es esta una circunstancia (la de la timidez y el pudor y la culpa) que, en un intento tal vez muy desmañado de desterrar terrores infantiles ― que deberían, a la vista de las décadas que pesan sobre mis espaldas y de mis patas de gallo y de mis canas, estar más que superados ―, voy a pasar por alto considerando (me voy a permitir opinar que muy acertadamente) que quien no quiera leerme me saltará; y todos tan amigos.
    Y con todo ese cóctel de gestos, tonos, silencios, bromas, algún que otro desplante e inflexiones de la voz y sonrisas nos vamos haciendo, todos, una composición de lugar de en qué ámbito nos movemos y…― que me lo he pegado aquí para tener a la vista el hilo y el norte por el que estoy intentando guiarme (y ya sigo) ― las composiciones de lugar de los otros.
    Son composiciones que en todo caso van a resultar incompletas o, en el mejor de los casos, no poco desvirtuadas.
    Se puede decir “hola, tesoro” y se puede decir “bonito día” con independencia en ambos casos de que te estés en verdad dirigiendo a una alhaja o de que el tiempo esté siendo un horror de chuzos de punta y vendavales; quien te esté escuchando podrá hacerse, y se la hará, una idea de si estas utilizando o no el sarcasmo, o de si tienes un gusto deplorable.
    El lenguaje escrito se ve muy limitado en ese aspecto, y más cuando los que nos leemos los unos a los otros no tenemos la más remota noción de quién ni cómo es cada uno de esos otros, y más aun cuando lo que escribimos no son las narraciones o relatos a los que se entregaría un escritor a la hora de verter sobre el papel sus fantasías o inquietudes o tesis o elucubraciones con la seguridad y el aplomo que debe de dar, sin duda, el ser consciente de estar escribiendo justo sobre aquello acerca de lo que, por las razones que fuere, ha decidido escribir.
    Aquí también se elige, desde luego, que bien puede uno optar por ser sólo lector o, si el tema de que se trata no interesa, cerrar el blog. Una vez que se elige participar, sin embargo ― y aunque se haga de forma más o menos intermitente ― se están asumiendo de forma más o menos tácita los inconvenientes y los riesgos de apreciación propia y ajena, y dando por sentado que cualquier cosa que se escriba va a recibir su réplica.
    Y en esas réplicas, y en la forma de emitirlas y de recibirlas, va a ir implícita, serpenteando por entre los puntos y las comas, una suerte de mensaje cifrado que va a quedar al albur y merced del que sepa o no sepa interpretarlo al amparo, tan sólo, de esa cosa tan denostada y cuestionable que ha dado pie a lo largo de siglos a tantos enfrentamientos y tantas guerras, la subjetividad; más irrenunciable y necesaria que la más deseable de las virtudes que puedan adornar al más perfecto de los seres que existan sobre la Tierra, o fuera de ella, en tanto, al menos, que perseveremos en el intento de llegar al fondo de la verdad, en grande y absoluta, alcanzada por esos raros, contadísimos seres, que son sin imitar.

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