miércoles, 20 de octubre de 2010

¿Es verdad la verdad?

   


Apartando cortinas que tamizan nostalgias con hilachas de rayos desgajados de un tiempo en que se aovillan yertos los olvidos del pacto  traicionado entre un antes y un después que se enfrentan a protestas de un día prometiendo que  siempre tu amistad iba a ser mía, te vigilo, mi amiga.


Te vigilo, en mis sueños, cuando sé al despertarme que he soñado contigo; te vigilo en mis gestos cuando al mover mis manos reconozco en mis dedos cómo están coreando gestos de ti aprendidos; te vigilo en palabras que alguna vez has dicho y que a pesar del tiempo es tu voz la que escucho cuando yo las repito.


Te vigilo  velando por tus sueños  perdidos  sobre estratos de escuálidos cortejos de resquicios de excelencias doblando  su cerviz dolorida  vencida por el peso de necias contumacias que obnubilan tu vista.


Te vigilo en tus sueños, cuando sueño contigo;  y los miro ateridos, y se ocultan informes en un rincón perdido no lo bastante inhóspito ni lo nada querido por intentos de erráticos andares a derivas de evocaciones locas que a solas se musitan haber encomendado guardar a buen recaudo omisiones de tantos ayeres condenados al hedor penetrante de la tonta ignorancia que se engolfa en su furia de enconada estulticia.


Te vigilo y te guardo, en mi memoria, amiga;  y le sigo la pista  en mis sueños amiga  a los pasos que llevan más allá de la vida donde mueren errores y tendrá fin la rígida cerrazón que rechaza, con tu muda acogida, amistad que fue enseña de qué vale en la vida no negar qué fue cierto y no apenas  un trato que se rompe y se olvida.

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