viernes, 19 de noviembre de 2010

Intervalo

El puerto de embarque del sol naciente fue vaticinado por el hijo pequeño de la noche estrellada — tachonada de la reverberación del bailoteo, del taconear bullicioso de constelaciones que le martilleaba en las sienes plateadas —  un amanecer de primavera en que se hallaba ella, como era su costumbre, apartando los rincones todavía en penumbra que habían ido dejando caer indolentes, despaciosas, aquí y allá por entre enanas y rastros de cometas, las horas que la madrugada se obstinaba en reclamar como suyas, de su propiedad y de su sangre, por las que  desde la posición de madre amantísima que se arrogaba  aseguraba a quien quisiera oírla que estaba dispuesta a dejarse matar, cortar los rayos más rutilantes de cualquiera de los luceros de los distintos albas de sus más variopintos y menos imaginables mundos o, si le dieran a elegir, a contemplar impasible cómo Andrómeda y El Cisne brindaban un poco achispados con el último whisky con soda antes de batirse en retirada.
Siempre le había parecido bastante estúpida aquella criatura pálida que se agarraba de sus faldas, asustado el muy tonto de adentrarse en el nuevo día.
¡Si ella pudiera!
Se enderezó con una cierta dificultad y una verdadera sinfonía de crujidos de sus pobres y tan cansados huesos;  y caminó despacio hasta el borde de su universo con las manos, tan nudosas, cargadas de pesadillas que miró cómo revoloteaban antes de perderse en el vacío de aquel otro lado de la nada.  
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                                              Más transgresiones

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