lunes, 28 de febrero de 2011

Texto 2.17

Publicado por  el feb 28, 2011 en Segundo mensaje. La naturaleza posible

2.17 “Puede que cuando el hombre se proponga dejar de ser carcelero de los demás, se decida a cortar los alambres de espinos que rodean su consciencia y salga del campo de concentración en el que se ha enclaustrado; la repetición es algo físicamente imposible, neuroeléctricamente absurdo y bioquímicamente inaceptable desde un punto de vista científico. Los descubrimientos más recientes han transmitido la idea de que el intento de repetir una situación sólo puede ser planteado como un juego porque es contrario a la Naturaleza. Pero al estar basado el modelo científico en la recreación experimental de condiciones similares, se ha sembrado la extraña sensación de que la identidad está basada en permanecer en estados de consciencia rígidos e inalterables. Es como condenar la identidad a un calco fotográfico que se va superponiendo sobre cualquier situación”.

  1. Isabel Segunda
    6 marzo, 2011
    A Nuba, aunque ni soy Aquiles.
    El poder del invento inventado por el que te inventa no sé cuantificarlo, pero está y juega su papel; si te inventa buenas cualidades o cualidades que en tu opinión sean deseables lo más probable es que, aunque sólo fuera por esa vanidad que todos tenemos, quieras estar a la altura. Entonces te mostrarás ante ese alguien con esas cualidades. Si las cualidades son en verdad buenas y tú consigues que formen parte de ti el esfuerzo habrá merecido la pena ¿Pero y si no eran tan buenas?
    Claro, que también podemos puestos a imaginar suponer que alguien te imagina peor de lo que eres. La misma vanidad que en el supuesto anterior te impulsará a querer demostrar que se equivoca; entonces estarás mostrando buenas cualidades que, también como en el caso anterior, será estupendo que se hagan parte de tu ser.
    ¿Pero cómo podrás saber si son auténticas o sólo un disfraz?
    Si son disfraz (en el suponer) imagina que, encima, no te favorece.
    La cosa se complica un poco más cuando eres tú quien imaginas que el otro te inventa buena, o te inventa mala (cuando a lo mejor ni te ha pensado); entonces actuarás o te comportarás de acuerdo y en consecuencia con lo imaginado por ti; y lo imaginado por ti puede ser erróneo.
    ¿Para dónde tirar, en tal caso? Pues para dónde se puede y a seguir viviendo tanto con los marrones como con los caramelos de licor que nos depara tanto el invento ajeno como el propio invento porque, me temo, nadie puede afirmar sin sonrojo ante el propio espejo estar siendo en todo momento absolutamente veraz y auténtico.
    Aunque también es cierto que, como muy bien dices, si alguien se pone un velo hay que respetar que no quiere descubrirse. Hay que respetarlo, sí; pero, no nos engañemos, sí que es un disfraz.
    Y, sin embargo y a pesar del viejo dicho de que el hábito no hace al monje, tampoco es descartable que uno se termine sintiendo cómodo en el hábito, y termine por creérselo hasta el punto de llegar a olvidar que nada más era un hábito, y siendo el verdadero monje.
    Entre tanto y una cosas y otras no parece quedar otro remedio que vivir bandeándose como se pueda, y tirando a trancas o a barrancas de nuestros engaños y de los ajenos, y de nuestros aciertos y de los ajenos, y de lo que creemos, o imaginamos, o nos figuramos o suponemos de nuestra realidad y de la ajena.
                        ***
  2. Afrodita
    6 marzo, 2011
    “Hay que empezar por dejar de ser carceleros de los demás”, dice Aquiles.
    Pero es que no siempre el carcelero elige serlo. En ocasiones ni sabe que lo es, y en otras muchas es otro el que lo obliga o lo inviste de un papel que no desea.
    Por ejemplo en las relaciones de pareja, cuando en su afán por agradar o seducir una de las partes se supedita, se doblega a lo que da en pensar qué o cómo es lo que la otra parte desea o espera de ella. Y las relaciones de pareja las mantiene, con más o menos continuidad u ocasionalidad, una mayoría abrumadora de habitantes del planeta.
    Y es que no siempre resulta sencillo dar esquinazo al roll que viene impuesto por una voluntad ajena, por “el uniforme de carcelero” del que nos habla el autor en el texto 1.17 y que hace casi un año dio lugar a muchos comentarios. Un par de meses atrás, en el punto 1.14, se dialogó ya mucho acerca de cárceles y de carceleros; llegamos allí a los 77 comentarios, muchos de personas que ya no están o cambiaron de seudónimo.
    Pienso a veces que sería una experiencia bonita volver atrás, de vez en cuando, y añadir comentarios del ahora a textos olvidados. Tal vez ahí viéramos con un cierto distanciamiento de qué modo hemos o no cambiado, si estamos o no siendo el calco superpuesto e imposible de nosotros mismos.
    En fin, nada más es una sugerencia; yo de todos modos echo a menudo un vistazo para ver si alguien ha tenido la feliz ocurrencia, y lo seguiré haciendo. A esto se me puede replicar y con razón “pues tenla tú”. Bueno, ya veré.
    Nostalgias aparte y regresando a las cárceles en curso creo, Aquiles, que es bastante inevitable “colocar al de al lado en la vestimenta que, según nosotros, le corresponde”. Cada vez que nos vemos frente a otro, ya sea cara a cara o nada más pensándolo o recordándolo, nuestras palabras, y nuestros gestos, y nuestros pensamientos y hasta nuestros silencios estarán yendo dirigidos a la imagen que tenemos de ese otro, para bien o para mal.
    Al otro le estará pasando, a su vez, exactamente lo mismo con nosotros.
    Es necesario el funcionar así para relacionarse y no quedarse acurrucado en un rinconcito del propio mundo; teniendo presente, claro, que nos estaremos moviendo siempre con un margen de error quién puede saber cómo de grande.
    ¿Y tratándonos todos a todos como absolutos desconocidos? Que, bien pensado, por qué no…
    Creo que lo verdaderamente dañino y peligroso es el trasmitir a otros, por el medio que sea, apreciaciones personales de otros “otros” que puedan de algún modo perjudicarlos (las apreciaciones); pero sin puntos de referencia ( por muy alejados de la verdad que puedan estar) en los que apoyarse nos moveríamos todos en una especie de limbo.

Unos y otros

Unos vienen de camino, otros van de retirada, y los que ni van ni vienen no paran de andar perdidos sin saber qué es lo que aguardan.
Los hay que se acercan lento, los hay que se alejan rápido, y los hay que no se hallan ni en la cumbre ni en el llano.
Unos perdiendo su tiempo, otros ganando su alma; los que ni ganan ni pierden no ofrecen ninguna traza de rendirse a la evidencia ni de levantar murallas que separen para siempre el temor de la esperanza.
Estos traen sangre en las manos, esos fuego en la mirada, aquellos brillo de estrellas en sus frentes que tan altas no alcanzan fuego ni sangre ni a comprender los extraños por qué conservan la calma.
Algunos claman justicia, otros prodigan perdones, los menos se desentienden de erigirse en portadores de balanzas imposibles ni de redimir errores de los que antes despreciaron ser ya por siempre deudores.
Y entre los más no se encuentran más que muy pocos que alcanzan a comprender que tan sólo en las manos de lo eterno se hallan las respuestas llanas.
Y entre los menos ya cunde cierta remota confianza de alguna vez encontrarse frente a la verdad sin velos que oculten entre sus capas las razones que los mueven sin reparar en que tantas religiones como han sido trataron todas, tan sólo, de dominar las conciencias y de adormecer las almas.

sábado, 5 de febrero de 2011

Mote para "legado"

… esa investidura intelectual y filosófica era de bloques de arcilla que trajeron unos extranjeros adolescentes bullangueros y alocados que con no poca insolencia exigían a las autoridades erigirlos en venerables pedestales de la fe de sus mayores proclamando, aquellos entre exordios inmutables estos mediante el enaltecimiento de su rango, las virtudes que al amparo de la lógica esperanza de pervivir siempre en el cambio se acercaban en gloriosa comitiva ora al temor ora a la iracundia desatada en desnuda fugaz irreverencia a la enquistada, irresoluta irradiación de luz sin brasas que se vertía, en tímidos raudales o en incandescencias arrobadas, sobre la tez, cetrina, amarillenta, granulosa y arcaica de los que ayer, allí, sin voz, ni ser, ni pudor ni exaltada arrogancia, proclamaran su derecho divino al llanto apátrida sigilosas envueltas en sus flotantes mantos  derramando la gracia y la tersura de un encanto bruñido en el esfuerzo de unos cuantos, erróneos, virulentos, arraigados, desmanes cometidos con auxilio de cinceles y buriles y del amor por el grotesco hacer de viejos, antiquísimos adalides del fracaso.

¡Vaya chapuza!

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