jueves, 31 de marzo de 2011

Texto 2.19

Publicado por  el mar 31, 2011 en Segundo mensaje. La naturaleza posible

2.19 “El hombre puede darse permiso para renunciar a su propio estado: es su condición natural. En principio, la dependencia de la realidad estática estará fraguando una disfunción tendente a deprimir los sistemas límbico, talámico o corticoidal al producirse una relación por falta de alerta de los procesos cognitivos”.

Afrodita
2 abril, 2011
Seguro que te van a dar, Bhakta, definiciones bastante mejores, que a mí también me van a venir muy bien. Pero, entre tanto, tengo la idea de que el estar es transitorio — llevado al leguaje y a la vida cotidiana, estar enfermo, estar enfadado, estar enamorado, estar angustiado — y el ser es lo que se queda en ti, lo que no puede quitarte nada ni nadie ni puedes perder, ni se puede deteriorar… De repente me doy cuenta de que según los ejemplos que termino de poner habría una contradicción con, por otros ejemplos, ser cruel, o ser estúpido (que es como se suele decir); pero es que en realidad está mal dicho y se utiliza así por costumbre, cuando lo correcto sería decir estar cruel o estar estúpido…
Creo que todo lo relacionado con el ser implica, digamos, cosa buena; y que lo relacionado con el estar no lo es tanto, o no lo es siempre.
Por medio del ser, de lo que ya eres — y aunque no lo sepas; es más, creo que del ser es muy difícil tener consciencia — se va ampliando la capacidad para modificar el estar.
Pero verás como surgen buenas explicaciones.
A Enrique:
Me ha gustado muchísimo el comentario con el que has empezado. Sé que no se hace la luz en una cabeza de un momento para otro; pero alguna bombillita sí que se me ha encendido leyendo tus explicaciones tan bien dadas.
***
Afrodita
2 abril, 2011
Intento hacerme una idea medianamente clara de cuál es el cometido de los tres sistemas que nombra el autor, y no lo consigo. Un poco quizás del sistema límbico, que buscando en internet veo que tiene que ver con las emociones; el tálamo parece que se ocupa de las sensaciones (que no sé diferenciar de las emociones); y en el corticoidal ni me meto.
De cualquier modo, y como aunque se ignore la definición de las cosas hay que seguir viviendo y viéndose sujeto a sensaciones y emociones aun sin poder colocar su letrero a cuál es cuál, una no puede evitar discurrir a su manera y que allá se las apañe el tálamo distribuyendo qué recibe al lugar donde tenga que enviarlo.
Y en ese discurrir se me ocurre que por más vueltas que se dé a las cosas (y por favor que nadie interprete que no valore el saber, y que no agradezca las explicaciones que dais los que tenéis conocimientos; sólo estoy queriendo decir que el hecho de no tenerlos no libera de la necesidad ni del impulso de pensar acerca de todo lo que se tiene noticia de que existe), que por más vuelta que se le dé a las cosas lo que subyace bajo toda intención del ser humano es la búsqueda de la felicidad.
En esa búsqueda de la felicidad uno se encuentra con que el ser feliz no es concretamente tener algo tangible que se desea; pero que ser no feliz sí está ligado a la ausencia o carencia de lo que se entiende como necesario, como que es doloroso sentir que no está.
Quiero decir que qué es en definitiva qué nos hace desdichados y que, aparte de hechos ajenos o incontrolables en los que la intención o la voluntad humana tienen poquito que hacer (salvo en cuestiones de índole práctica, claro, como llamar una ambulancia si ve uno un accidente), lo único que de veras priva de ser feliz son las actitudes y los comportamientos de los humanos.
Esto me ha llevado a pensar, a la vista del texto, que esas disfunciones de que habla el autor pueden imaginarse como distintas sustancias en algo que me compongo en mi cabeza como tubos de ensayo, por ejemplo, y que no en todas las personas el nivel de esas sustancias está equilibrado en los correspondientes tubos.
Es una manera muy infantil de exponerlo, pero es la que tengo.
Siempre me ha llamado mucho la atención que personas muy sensibles para algunas cosas son un trozo de pedernal para otras. Una vez leí en alguna parte que un nazi muy conocido, Himmler o Goebbels o alguno de esos, se emocionaba hasta las lágrimas cuando escuchaba música.
Y, bueno, en la vida cotidiana, personas que uno conoce y con las que se relaciona, con las que tiene amistad y simpatiza y comparte formas de pensar y, de repente, un día, se encuentra con una faceta que le desagrada profundamente y le chirría una barbaridad porque como que no le cuadra con todo lo demás que conocía de esa persona.
Esos chirridos son, en mi forma de sentir, lo que obstaculiza el ser feliz.
Pero, aparte de eso, que pueden ser tan sólo apreciaciones mías y allá yo; esas sustancias que no sé cuáles son, y su descompensación dentro de esos tubos que no sé cómo explicar, ¿puede ser lo que justifique los comportamientos, incluso el carácter o el temperamento de las personas?
Tampoco sé poner muy en condiciones la línea divisoria entre temperamento y carácter; y entre personalidad. Pero eso no me importa tanto, lo meto en el saco de las ignorancias menores.
***
Afrodita
5 abril, 2011
¿Dios hizo el mundo sin pensar?
No pretende ser un chascarrillo, Enrique, que lo digo completamente en serio.
Pero si Dios no es materia, no puede tener cerebro, y no pudo hacer un Universo que esté correspondiéndose con otro algo que tuviera ya en su mente y de lo que pudiera decir “así es como lo quiero”.
El pensamiento es algo a lo que los humanos exigimos que tenga una coherencia; que se adecúe a un modelo consensuado por el resto de los seres pensantes y que, quien lo perciba o a quien llegue, pueda identificar como algo que le es conocido, o que tiene algún tipo de estructura imaginable, o secuencial…
Es muy difícil de pasar a palabras.
Pensamos en frases, atentos a respetar concordancias de sujetos con verbos y complementos, pretendiendo que así seremos comprendidos por los de nuestra misma especie. Y sin embargo no siempre lo somos e, incluso, nuestras palabras después de tan cuidadosamente meditadas dan lugar a equívoco.
Si a las palabras no se les exigiera esa especie de coherencia, o de cohesión, o de lo que sea, me pregunto si serían capaces de trasmitir más de lo que trasmiten. O si en lugar de utilizar lenguaje nos comunicásemos unos con otros por medio se sonidos, o de colores, o de movimientos o de trazos sin tener una consciencia previa de que tal sonido o color o movimiento o trazo tenga un significado. Sin poner una intención.
Sé que es muy extravagante lo que digo y además está espantosamente mal plasmado; pero se me ocurre muchas veces que si nos despojásemos de intenciones o de deseos o de prejuicios acerca de qué estamos pretendiendo al comunicarnos la comunicación a lo mejor era algo así como más profunda o más veraz. En la pintura no figurativa, por ejemplo, se consigue algo así.
Quiero decir que la racionalidad lo deforma y de alguna manera lo manipula todo.
Y que seres con cerebro no podemos liberarnos de esa manipulación.
Y que desde nuestra configuración es imposible que entendamos ni al Universo ni a Dios.
Disculpad todos esta disertación tan estrafalaria. En mi mente creo que está bastante más pulida, pero no soy capaz de expresarla mejor.
Pido perdón en especial a Enrique, que siento gran respeto y admiración por todo cuanto dice y lo bien que lo dice; y mira que destrozo he hecho por culpa de mi falta de… no sé qué.
Cuando voy a subir esto veo el comentario de Susana, que antes no estaba, y leo “procesos que no funcionen en cadena”, “estímulos”, “que se procesen determinados estímulos”. Es un comentario que me parece muy interesante…
Y me sigo preguntando, ¿es desde la razón desde donde encontraremos respuestas?
***
  1. Afrodita
    6 abril, 2011
    Sí, Enrique, y no voy a incurrir en la osadía de pretender echar mano de argumentos que no tengo. Pero cuando me replicas con preguntas como “¿Dios hizo el mundo? ¿El mundo se hizo? ¿Qué es el mundo? ¿Qué es pensar? ¿Se puede comprender el mundo pensando? ¿Se puede comprender el mundo? ¿Qué es comprender?” no estás, eso por descontado, queriendo significar que no tengas ni idea.
    Tienes tu idea, desde luego, y no voy a dudar ni por un instante que bastante más fundamentada que la mía. Lo que no puedo pretender es que me trasmitas en bloque, tal cual tú la tienes, esa idea. Y no porque no quieras, sino porque es de todo punto imposible trasmitir algo que, se quiera o no, ha de estar cimentado en referencias imposibles de trasmitir.
    Ese es, digamos, mi gran dilema; el cómo poder hacerse idea de algo sin estar agarrándose de referentes previos, asumidos o aceptados con o sin intención y de buen o de mal grado.
    No es posible para la razón elaborar algo, una estructura, cuya forma no esté compuesta a base de círculos, cuadrados o triángulos, o una combinación de los tres. Ni “inventar” un perfume que, por muy exótico que pudiera resultar, no sea una combinación de olores conocidos, o desconocidos pero existentes en algún lugar de la Tierra. Ni hacerse idea de una sinfonía a base de algo que no sea la escala musical. Ni pintar un cuadro con colores que estén fuera del arco iris. Ni imaginar una sustancia que no sea ni sólida ni líquida ni gaseosa.
    Así que, aunque tú no puedas contármela ni trasmitírmela a mí, sí tienes tu propia idea de qué es llamémoslo Dios o llamémoslo “Espíritu que lo impregna, que de alguna manera asume la aparente limitación o densidad de la materia”. Desde esta definición, la que tú das — y puedo admitir encantada, y agradecer, y no estoy discutiendo Dios me libre, pero qué difícil es dejar claro por escrito que no se está pretendiendo discutir —, ¿te es posible el esquivar el suponerle una forma o una consistencia?
    Seguro que sí puedes, desde tus conocimientos, o desde tu razón, desechar esa forma y esa consistencia como disparatadas; y terminar asumiendo, para ti mismo, que no sabes cómo es. Pero el saber que no se sabe cómo es algo no soluciona la imposibilidad de suponer un “algo” desprovisto de cualquier tipo de forma.
    (Sigo)
  2. Afrodita
    6 abril, 2011
    (Siguiendo)
    Cuando yo era niña, y nos habrá pasado a todos, se nos enseñaba que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza; lo que obliga, ineludiblemente, a que ya desde niños imaginemos a Dios a imagen y semejanza del hombre, que es lo que tenemos a mano.
    Desde ahí, y por mucho que a ese Dios o Espíritu se lo quiera mondar de todas las características inherentes, o consustanciales, a lo humano, siempre nos vamos a encontrar con que hay un andamiaje que desmontar y que no tenemos cómo desmontarlo; y también nos vamos a encontrar con que si lo desmontásemos no nos quedaría nada a lo que conscientemente nos pudiéramos agarrar.
    ¿Cuánta gente hay en el mundo dispuesta a circular por su propia vida tan sin manos?
    Sí creo, sin embargo, que hay formas, sonidos, olores y texturas y muchas más cosas que lo son sin adecuarse ni a la geometría conocida, ni a la escala musical ni a los colores del arco iris, ni, ni, ni…
    Y que por ser ajenas a qué nuestro cerebro puede reconocer ni se las percibe, se las ignora porque carecemos del “sensor” que puede registrarlas. A veces me imagino que si fuéramos capaces de notar tantos golpes y roces como padecemos en nuestro cuerpo por el simple hecho de andar por la calle volveríamos a casa llenos de cardenales.
    Bueno, en conclusión; que somos lo que somos, seres humanos; y que estamos donde estamos, el mundo de los humanos. Y que en tanto seamos lo que somos y estemos donde estamos habrá unos límites infranqueables que, en otro momento (siendo otro tipo de seres no humanos), serán como coser y cantar, pero, entre tanto…
    Entre tanto no podemos ni dejarnos caer en brazos de la razón ni darle la espalda. Hemos de pasar la vida entera poniendo, queramos o no, algo así y como que muy mal comparado una vela a Dios y otra al diablo.
    Enrique, te lo repito una vez más, no te estoy rebatiendo nada. Sólo estoy pasando a letras y palabras algo que si no fuera aquí, en este blog, y propiciado por las posibilidades de expresar que coloca al alcance de la mano, no encontraría… a lo mejor sí un lugar, pero no un punto de arranque desde el que, proyectarlas o algo así…
  3. Afrodita
    6 abril, 2011
    Y cuando hayamos evolucionado, justo en ese instante, se habrá cumplido nuestro para qué, y dejaremos justo ahí de ser seres humanos. Por eso estoy tan empecinada en que no posible tener consciencia de lo obtenido ni de lo logrado; ni ponerse muy contento de ¡lo conseguí! Porque automáticamente dejamos de ser el que luchó o se esforzó por conseguir. No lo puedo entender de otra manera; no me entra en la cabeza poder saber alguna vez si he evolucionado.
    Sí la puedo tener de que no evoluciono; pero no de que sí lo hago.
  4. ***
  5. Afrodita
    11 abril, 2011
    Una vez más aparece lo muy huidizo de las palabras. Porque, ¿qué es la fe? ¿Qué es tener fe? ¿Esa fe ha de tenerse en los otros? – que me temo que no, aunque tampoco es que haya que ser desconfiado -, ¿hay que tenerla en el destino? – que ¿qué es el destino? -, ¿hay que tenerla en Dios? – y no parece que la función de Dios sea velar por el bien de sus criaturas.
    ¿Alguien sabe explicar, no incurriendo en abstracciones o frases poéticas, qué es la fe?

viernes, 25 de marzo de 2011

A mi madre y qué decía

Altramuces en cartuchos de papel de estraza un día cuando niña yo compraba a una mujer que vendía cigarrillos, chicle y pipas. Eran tiempos de escaseces, tiempos de poca alegría, tiempos de los que deseaba que se pasaran deprisa. Y ser mayor y marcharme lejos de donde crecía, donde ni me conocieran ni conociese yo gentes que recordasen los tiempos ni lugares ni tristezas en los que yo me movía.

Y pasó el tiempo a su paso y no al que yo le pedía. Y se fueron yendo gentes de aquellas que conocía y los niños que jugaban conmigo cuando quería ser mayor para marcharme lejos de donde no había más que sueños y altramuces y cigarrillos y pipas que vendía una mujer triste en su puesto ahí en la esquina esperando yo a mi madre cuando del cole volvía.

Y mi madre regresaba del mercado y me reñía porque mientras la esperaba a la mujer de la esquina le había pedido algún chicle, regaliz o algunas pipas diciendo que en regresando mi madre que volvería del mercado de aquí a poco ella se lo pagaría.

Porque era mujer mi madre de antigua usanza y decía que en no siendo muy preciso no debe comprarse nunca al amparo del se fía ni a cuenta de hacerse cuentas que luego no cuadrarían nada que fuera a ser causa de sinsabores ni riñas en hogares que en habiendo lo que sí se necesita pará qué meterse en trampas ni complicarse la vida.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Oda a la mujer muñeca

Mortaja que envuelve lúgubre qué quedó de lo que fuiste, en qué pararon tus labios, en qué fue a quedar tu busto; en qué tu pose y tu risa y tu vanidoso porte luciendo llena de orgullo los atributos del arte que pusieron en tu cuerpo los artistas del tatuaje.
Qué tuviste que no fuera logrado gracias a parte del esfuerzo y del empeño que ambiciosa te marcaste por alcanzar a ser musa de unos tiempos en que pace un sentido de la estética en el que apenas subyace un rasgo de fresca brisa natural y no de plástico en los cuerpos de sus divas.
Qué durará en la memoria de los que te conocieron, de los que te desearon y alabaron tu belleza, más allá de la textura y el brillo y la consistencia de un rojo de silicona en tus labios y, en tus tetas, turgencias de morbideces redondas y muy soberbias.
Qué permanecerá incólume si llegas algún día a vieja y desde el fin de tus días te contemplas con tristeza y comparas qué no fuiste con qué pudo ser la estela que no quedó en la memoria de los que al mirarte vieron nada más una muñeca inflada por todas partes y sin nada en la cabeza.
Qué será de ti muñeca, de cartón de trapo y cera, cuando tu grandeza quede reducida a la miseria de tan sólo los despojos de una grotesca quimera que como todo lo falso, lo mentido y lo que engaña se evaporará al contacto del despertar que te espera.
Qué será de ti mujer cuando un día al abrir los ojos te enfrentes a la pureza de la nada que en ti albergas y te des cuenta ya tarde de que vendiste tu alma a cambio de unas monedas que no iban a comprar nunca la verdadera hermosura ni la auténtica belleza.

Muñeca

viernes, 11 de marzo de 2011

El velador

Por el velador supimos cosas tan portentosas como que en la Edad Media yo había sido una duquesa que se murió muy joven de peste, negra; y de que en mi actual encarnación iba para marquesa.
A papá esas historias lo encandilaban y tal vez por eso decidió que me educase en un ambiente distinguido y me sacaron cuando tenía ocho años del colegio nacional, gratuito, al que las niñas llamábamos Hijo de Garay, para llevarme a uno de los mejores colegios laicos que había por entonces en Madrid que era el de Nuestra Señora Santa María.
O quizás ni siquiera fue por eso.
Ellos, mis padres, no sabían gran cosa de él, ni de ningún otro; ni habían creo que ni oído hablar de colegios de prestigio de toda la vida como pudiera ser el Loreto, al que iban las niñas bien del barrio de Salamanca.
Pero yo estaba en la edad en la que, si se quería que hiciese el bachiller ― que por aquel entonces se podía no hacer y conformarse con recibir lo que se llamaba cultura general y no se prolongaba más allá de los catorce años ― había que salir del Eijo Garay.
La única pista de que dispusieron para elegirlo es que todas las tardes pasaban por la glorieta unas niñas vestidas con uniformes muy elegantes. Luego las conocí y eran unas, tres hermanas, que vivían en General Mola.
Un colegio con un uniforme así tenía que ser bueno por fuerza; y si las niñas regresaban a casa caminando era, sin duda, porque estaba cerca.
Y lo buscaron.
Y ahí estaba, ¡qué bien!
Tan al ladito de casa que podría ir y venir sola sin obligar a mi madre a tenerse que arreglar para traerme y llevarme.
Y ese fue todo el criterio.
Luego, cuando conocieron a Mari Pepa, la persona que nos recibió en aquella habitacioncita circular junto al gimnasio cuando fuimos por primera vez, al verla tan atractiva y escotada, con aquel vestido de seda con cancán en colores ocres y verdosos difuminados, se afianzaron en lo bonísima que había sido la elección porque, un colegio que tiene profesoras así ― consideraron, como razón de peso ― no puede ser un colegio mojigato…
Mi padre incluso se aventuró a la modernez de explicar muy serio a Mari Pepa que no quería que me diesen clase de religión. Mari Pepa, sin pestañear, no puso la menor objeción; y yo asistí a las clases de religión sin mayor polémica y sin rechistar. Y no se habló más del asunto en la confianza de que pero debe de ser, seguro, una religión muy diferente a la que enseñarían las monjas…
Y tan contentos.

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