viernes, 11 de marzo de 2011

El velador

Por el velador supimos cosas tan portentosas como que en la Edad Media yo había sido una duquesa que se murió muy joven de peste, negra; y de que en mi actual encarnación iba para marquesa.
A papá esas historias lo encandilaban y tal vez por eso decidió que me educase en un ambiente distinguido y me sacaron cuando tenía ocho años del colegio nacional, gratuito, al que las niñas llamábamos Hijo de Garay, para llevarme a uno de los mejores colegios laicos que había por entonces en Madrid que era el de Nuestra Señora Santa María.
O quizás ni siquiera fue por eso.
Ellos, mis padres, no sabían gran cosa de él, ni de ningún otro; ni habían creo que ni oído hablar de colegios de prestigio de toda la vida como pudiera ser el Loreto, al que iban las niñas bien del barrio de Salamanca.
Pero yo estaba en la edad en la que, si se quería que hiciese el bachiller ― que por aquel entonces se podía no hacer y conformarse con recibir lo que se llamaba cultura general y no se prolongaba más allá de los catorce años ― había que salir del Eijo Garay.
La única pista de que dispusieron para elegirlo es que todas las tardes pasaban por la glorieta unas niñas vestidas con uniformes muy elegantes. Luego las conocí y eran unas, tres hermanas, que vivían en General Mola.
Un colegio con un uniforme así tenía que ser bueno por fuerza; y si las niñas regresaban a casa caminando era, sin duda, porque estaba cerca.
Y lo buscaron.
Y ahí estaba, ¡qué bien!
Tan al ladito de casa que podría ir y venir sola sin obligar a mi madre a tenerse que arreglar para traerme y llevarme.
Y ese fue todo el criterio.
Luego, cuando conocieron a Mari Pepa, la persona que nos recibió en aquella habitacioncita circular junto al gimnasio cuando fuimos por primera vez, al verla tan atractiva y escotada, con aquel vestido de seda con cancán en colores ocres y verdosos difuminados, se afianzaron en lo bonísima que había sido la elección porque, un colegio que tiene profesoras así ― consideraron, como razón de peso ― no puede ser un colegio mojigato…
Mi padre incluso se aventuró a la modernez de explicar muy serio a Mari Pepa que no quería que me diesen clase de religión. Mari Pepa, sin pestañear, no puso la menor objeción; y yo asistí a las clases de religión sin mayor polémica y sin rechistar. Y no se habló más del asunto en la confianza de que pero debe de ser, seguro, una religión muy diferente a la que enseñarían las monjas…
Y tan contentos.

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