martes, 31 de mayo de 2011

Texto 2.23 (Último del segundo mensaje)

2.23 “Quizá toda doctrina, desde su vocación de servicio al poder, tiene la intención de transformar el sufrimiento en bondad, la pobreza en pureza, la inseguridad en necesidad y la depresión en rezo resignado; hacer una clasificación jerárquica del mundo que nos rodea es haber perdido el impulso que dio origen al nacimiento, es mirar el mundo como si tuviésemos al alcance toda la realidad; las cosas son como son, dicen los tontos, que ponen sus pies encima de cuanto ignoran, mientras se acercan a la muerte sin saber quiénes son”.


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Cándido Agudo
4 junio, 2011
¿No os estaréis enredando en una especie de discusión bizantina, empeñándoos en dar la misma acepción a “tontos” que a “pobres de espíritu”?
Yo me inclino a entender que los “pobres de espíritu” de las Bienaventuranzas son los que tienen – a ver si lo digo bien para estos tiempos en que todo es incorrecto – algún tipo de carencia, de falta de alcances de los que no son responsables. Algo que como si dijéramos de origen y sin posibilidad de reparación los imposibilita para contactar o conectar con el mundo y con las otras personas.
Yo no creo que sean estos los “tontos” de que habla el autor en el párrafo, ya que estos pobres de espíritu, incapacitados para comprender a los “demás” son, creo, también bastante inaccesibles y muy posiblemente están teniendo su manera de “entender” e incluso de “evolucionar” o tener unas percepciones que a los “normales” están vedadas quien sabe si obstaculizadas precisamente por la razón, de que tan satisfechos nos sentimos.
Los “tontos” del párrafo a mi me parece que son, y sin intención de ofender, esas grandes multitudes de personas que se niegan a sí mismas todo tipo de apertura o de ruptura con qué tienen instalado en su entender desde que saben que están ahí, con los pies encima de la corteza terrestre y sin más derechos ni obligaciones que velar por sí mismos, y por sus esposas y sus maridos y por sus hijos y por su salud y por su televisor (que lo escribo así porque así es como entiendo que entienden ellos su “mundito” tan pequeño, en el que todo lo que merece atención y cuidado es lo que es, exactamente, de su propiedad y sin casi saber establecer una diferencia entre un hijo engendrado y un objeto comprado).
Estos “tontos” del párrafo pueden ser en realidad bastante “listos”, que andan siempre alerta a dónde hay algo – algo que puede ser material o inmaterial; algo que puede ser incluso otro “alguien” que al parecer de estos “tontos” es lo suficientemente ingenuo para poderse aprovechar de él – de lo que poder obtener un beneficio; pero un beneficio que va siempre encaminado a satisfacer sus pequeñas miserias, que son y seguirán siendo miserias porque aun estando ellos más o menos capacitados para elegir otra opción digamos más depurada eligen, desde un egoísmo cerril, conformarse con unas migajas que ellos, en su cutrez, se empecinan en considerar pastel.
Creo que estos son los tontos de que habla el autor en el párrafo.
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Afrodita
6 junio, 2011
Urbasón. Desconozco del todo las personalidades tanto de El Ucu-Branté como de Dionisios. Tampoco conozco quizás gran cosa de Cándido, pero puedo asegurarte que no es ninguno de los dos. Y te lo puedo asegurar por una razón tan sencilla como que Cándido Agudo es un invento mío; o, bueno, no es que sea un invento mío. No es un invento mío porque el nombre lo he sacado de la lista que alguien colocó en uno de los comentarios del punto anterior.
No sé si tu error me confunde o me halaga o si me produce tanto desconcierto como satisfacción.
Me confunde porque jamás pensé que pudiera darse ninguna similitud entre El-Ucu-Branté o Dionisios y yo. Creo que lo que ellos escriben y la forma en que lo escriben difiere mucho tanto en el contenido como en la manera de expresarlo — el tono, la cadencia, las inflexiones que imagino para sus voces si lo que escriben lo estuviesen diciendo — de lo que escribo y de la forma en que lo escribo yo.
Me produce satisfacción porque vivo como un pequeño logro el intento — que consideré en un principio torpe y desmañado —, tan al parecer coronado con éxito, de haber “engañado” a alguien.
Pero no lo hice con intención de engañar, fíjate. Es más, te confesaré que pensé incluso y un poco avergonzada “¡vaya tontería que estás haciendo cuando hasta el más tonto del blog se va a dar cuenta de quién eres tan pronto te eche la vista encima!”.
No era mi intención engañar sino algo tan inocente — o tal vez tan mezquino o egoísta, tendré que considerarlo seriamente — como hacerme perdonar por… no sé, no sé recordar si tal vez tú mismo o algún otro alguien que escribe de forma muy similar; pero, bueno, a lo que iba, por hacerme perdonar cierto reproche que hizo ese alguien en referencia a que escribo demasiado en el blog…
Y por eso cambié de nombre, para desintoxicar un poquito de mi presencia y dejar descansar a los que no les gusto; aunque, como ya digo, con muy pocas esperanzas de lograrlo.
Pero mira tú lo que son las cosas, que me equivoqué.
En fin, que lo que pretendía me salió, en realidad bien.
Me da un poco de lástima, es verdad, prescindir de ese alter ego que — porque, para qué voy a negarlo, un poquito de esperanza aun dentro de mi propio escepticismo sí que deposité en mi Cándido ilusionada, tal vez, con la idea descabellada de a través de él expresar algo que quizás esté agazapado, o adormecido, en algún lugar de mí que Afrodita está amordazando o no me deja ver — me habría gustado conservar.
Pero después de esta especie de declaración entiendo que ya no tiene sentido. Así que me olvidaré de Cándido, y de experimentos y de jueguecitos; y en lo sucesivo —y tanto si es para decir que es una pena que personas que muy posiblemente tienen capacidad para sacar de sí algo bueno o edificante o constructivo se conformen con las migajas del pastel que el hecho de vivir les brinda como si es para decir cualquier otra cosa — lo diré siempre todo bajo el nombre que he venido utilizando hasta ahora.
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Afrodita
9 junio, 2011
Sí, Bhakta, eso es lo que argumentan los vegetarianos; que como las lechugas no tienen sistema nervioso no sufren, no sienten dolor. Son personas que sólo entienden como “capacidad de sentir” la suya propia. Pero, claro, si tuvieran la honestidad de asumir que se hacen trampas no tendrían más remedio que dejarse morir de hambre. Prefiero mil veces vivir en conflicto eterno, conmigo misma y con el mundo entero si hace falta, antes que acomodarme en posturas y en argumentos que son tan sólo parches.
Y sí, Eolo, tienes mucha razón; es verdad que vivir es ir muriendo, y que por el sólo hecho de respirar estaré matando mis neuronas y mis células; pero no estoy arranando vida (ni de conejo ni de pollo ni de acelga)ni adquiriendo con mis manos limpias, en un supermercado, los restos de las vidas que para mí otros arrancaron.
Y sin embargo como todos los días.
Así que que no me maree a mí con sermones ecologistas ningún etéreo de esos que van por el mundo diciendo relájate y mira las florecillas.
Y tú, Beucis, se ve que eres persona que nunca ha estrellado un jarrón contra una pared. Yo, muchos, y cuando se me han terminado los jarrones he seguido con platos y tazas.Creo que lo que más me crispa los nervios en la vida sois las personas tan equilibradas.
Hay días que es que a lo mejor no está una para nada.
Y perdón por las erratas y las posibles faltas de ortografía; estoy escribiendo directamente sobre el recuadrito de los comentarios.
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Miranda Hilar Gaté
10 junio, 2011
Aprendemos, desde niños, que el cielo es azul, que la hierba es verde, que la leche es blanca y que la sangre es roja. Lo aprendemos así porque nuestros padres, o los adultos, en general, que nos rodean así nos lo inculcan aun sin querer ni estárselo proponiendo.
Mira qué azul está hoy el cielo, dice alguien, mirando hacia arriba. Y tú, tan pequeño y por primera vez en tu vida y sólo porque inocentemente has dirigido tu mirada en esa misma dirección, aprendes que esa bola que lo envuelve todo es el “cielo”, y que su color es azul.
Y no nos lo cuestionamos, ¿por qué tendríamos que hacerlo?
Y crecemos sabiendo, ya para siempre, qué es un cielo azul…
Y está bien tener claro qué es el cielo, igual de bien que saber qué es un destornillador o un sombrero; que seguirían siendo lo que son aunque se llamaran, respectivamente, “mojicón”, “alpargata” o “segadora”; tan sólo sería cuestión de habituarse — y desde niño, tan pequeñito, con la facilidad con que los niños asimilan todo —, y de decirle al abuelo, con toda naturalidad, “no olvides ponerte la segadora, que hace frío”; o que el mojicón esta noche tiene muchas ogüininas —“estrellas”, en el lenguaje convencional—; y, cuando tuviésemos que apretar un tornillo, pues tan ricamente con nuestra alpargata.
Lo del color, lo del azul del cielo, lo del azul del cielo y lo del azul que por deducción — o por inducción, tengo la especie de defecto de fábrica de que me lío siempre con palabras como “inductivo” y “deductivo” y como “analógico” y “analítico” — es el color de todo lo que tiene un color que se asemeja al color de esa bola que incorporé a mi saber como “cielo” aunque pude también incorporarlo como “mojicón” pero nadie tuvo la mala, perversa y aviesa idea, de meterme una idea en la cabeza que me iba a poner difícil — así, yo sola, y con una noción tan extravagante y no compartida con ni por nadie — el relacionarme con mis congéneres…
Me he perdido.
Lo del azul, decía, es más complicado, decía también — aunque no sé si con esta confusión en que vivo he llegado a decirlo —, es ya más complicado porque…
A ver si sé explicarme.
Andaba yo tan intrigada, ya desde pequeñita — y mira que mi madre me advertía mira niña que si sigues por ese camino vas a tener muchos problemas —, con ese tema que, en el recreo, en el patio del colegio con las otras niñas, me dedicaba a abordar a unas y a otras con preguntas tales como “¿de qué color ves tú el cielo?” o “¿de qué color ves las hojas de los arboles?”. Aquellas niñas, todas, indefectiblemente, fuera la niña que fuese, alta, baja, rubia, morena, simpática, antipática, aplicada, perezosa; todas absolutamente todas respondían “azul” para la primera pregunta y “verde” para la segunda.
Probé a hacer las preguntas en orden diferente; con las hojas de los arboles en primer lugar y el cielo en segundo. Pero aquellas niñas, taimadas o tercas o insensatas, las muy tales y cuales, contestaban tan campantes “verde”, para las hojas; y “azul”, para el cielo.
Pero yo necesitaba una solución.
No voy a entrar en detalles porque los detalles pueden dar a lo mejor algo de grima o herir incluso sensibilidades; pero, resumiendo y por ir abreviando, un día en el recreo agarré a la primera que se me puso por delante y le saqué los ojos; a continuación me saqué los míos; luego me puse los de ella en mis cuencas vacías y miré, el cielo y las hojas de los árboles.
Entonces supe, en carne propia — no puedo decir que porque lo viera con mis propios ojos, que sería de pésimo gusto y un chiste muy malo —, que la muy cabrona (porque no se la puede llamar de otra manera) de la niña me había estado mintiendo como una bellaca. Como una bellaca porque, con sus ojos, yo lo vi, el cielo era a cuadritos negros y blancos y, las hojas de los árboles, qué decir de cómo resultaron vistas con los ojos de aquella cretina las hojas de los árboles…
Ella, lo contaría de otra manera. Ella contaría que cuando se puso los ojos míos el cielo era a lunares color quisquilla sobre fondo amoratado; pero es que aquella niña, espero que haya quedado claro, era una embustera.

domingo, 29 de mayo de 2011

Allí aquel día



Desde la orilla no parecía tan grande, ni que sus contornos estuvieran tan bien definidos o tan artísticamente diseñados entre las franjas ajustadas de los albayaldes que, desdoblados en distintos preludios anunciando la entrada de una nueva columna de gris (tan similar al cierzo del sur) escoltaban a los que habiendo conseguido al fin — y balanceándose, tan sólo, en uno de los estribos de modo que habrían podido hacer pensar que se apoyaban sobre sus propias extremidades — reemplazar para fecha más memorable las pequeñas trampillas herrumbrosas por verdaderas trampas (sólidas e infinitamente más seguras) se reían, satisfechos ahora, de haber engatusado con sus pequeños apóstrofes tan similares a los alveolos  de ciertas especies extinguidas hace tal vez milenios al encargado de fijar las vallas publicitarias y a los aficionados a tirar de objetos que no eran propiamente trineos pero ellos desplazaban sin más fin que el sencillamente colocarlos de forma que no quedasen paralelos frente a las construcciones estrelladas sino formando dibujos bastante caprichosos a la sombra de una de las ramas más pobladas del eucalipto pequeño, el que solía decirse que no era — más por costumbre, en realidad, que por conocimiento de su verdadera procedencia — un eucalipto sino un arce y, además y para marcar más las diferencias por si no eran de antemano bastante evidentes, no un arce de Manchuria o de Heldreich sino un arce de papel para, descorazonados al instante siguiente sin una solución de continuidad adecuada con que darles cauce, prorrumpir en hipidos y moqueos no logrando explicarse unos a otros por qué no al fabricante de manijas para la siega ni a las invitadas — tan de punta en blanco ellas para ocasión tan de recibo — a abandonar, aunque nada más fuese de manera provisional y con la promesa (entre paréntesis) de  ser  readmitidas y, entre comillas, “por última vez”, tan pronto se indultara a los morosos la zona comprendida entre los más torpes y los más contumaces de los tiradores de flechas sin punta como espacio de alto riesgo pero bajo, bajísimo rendimiento.




viernes, 20 de mayo de 2011

Sobre saltos y otras quiebras

Mitad de un resto de olvido y un trozo de ayer borrado del álbum de algún contexto en que se movió sin ruido el lento raudal escaso de pequeñas armonías entre el venir de los tiempos y el marcharse, ya sin prisa, de un mañana que no espera remontar en su esforzada, fracasada turbulencia, de vientos que no es que soplen sino que arrasan y queman los rastros en que anidaron animados de impaciencia despertares sobre el salto, al vacio de la conciencia, descarnada y ya sin cuerpo para seguir en la brega que no lleva a ningún sitio ni hallará mayor grandeza que la pequeña esperanza que en algún lugar le queda a los quebrantos sufridos de nunca más soltar riendas que liberen, al galope, tendido en la sangre quieta que ya no corre alterada, presurosa por las venas buscando el latido errático que se demoró en la hueca vana sumisión a extraños, imposibles argumentos, que terminaron vencidos ruinas de su propio peso.



martes, 10 de mayo de 2011

Sentencias

Sentencias de pies torpes que se arrastran sobre el verdor de caminos visitados, hace mucho… frío, sensación de pérdida o de miedo o de estar recordando una mixtura, amalgama, confusión, vorágine de qué no fuera más que un sueño; sin cuerpo, sin nombre y sin constancia y, sólo, formado de algún eco de palabras confundidas, a veces, y, las más, irremisiblemente erradas, alteradas, indefensas, condenadas a otro lugar u otro momento en los que ya no reside nada vivo que pueda en su no ser hallar paz ni el registro en que vibró — por un tiempo tan corto — el restallar del látigo que hostiga hasta su hoy alma irredenta que al fin de sus vaivenes sienta el peso de sus pasiones, premuras y desvelos, bajo la espesa opaca luz que iluminó la sombra desprovista de qué el mundo reconoció como deseo.

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