miércoles, 28 de septiembre de 2011

Corre corre que te pillo

Corre corre que te pillo detrás del tiempo que vuela, de los años que se escapan, de la juventud que apenas comenzada a degustarse ya amenaza hacerse añeja y más en el nuestro ahora en que todo ha de vivirse pronto muy pronto  y las horas, que ya ni llegan ni alcanzan y les falta aliento y mueren ahogadas o a quemarropa, demandan ser empleadas a fondo  en la muy gozosa empresa que no conoce bancarrota ni intereses ni del alma ni de mora de entregarse a los placeres del cuerpo y de sus derrotas.

Corre corre que te pillo advierte una hora a la otra y se persiguen risueñas, felices y tan jocosas, sin detenerse juiciosas a ver si se han desplomado sobre sus frágiles logros de minutos devorados por segundos incipientes los fracasos de vivientes que apenas si las engordan con algo más que la loca carrera que los estorba — en pos de afanes y lucros y placeres y otras cosas (que no deben mencionarse porque son juegos de alcoba) — de atender a menesteres que les brinden mayor gloria.

Corre corre que te pillo no te detengas forzosa la necesidad que acucia a no atender a razones que en cuestión la razón ponga de dónde van ni a qué vienen tantas premuras angostas desvelando de sus sueños inocentes a las mozas que apenas adolescentes ya conocen que es la moda dar rienda suelta al instinto, al qué quiero y qué me toca gozar de este mundo vacuo y del sexo y de la droga y de qué que se reparta cuando después de que joda me dispensen el remedio que se ingiere en una toma.

Corre corre que te pillo, vuela en alas de la idiota ilusión por no ser vieja habiendo  sido antes sombra — aunque pálida y sin brillo  y sin asomos de antigua, trasnochada creencia ñoña que las niñas ya perdieran  y no que ya por la honra (que reside en otras partes y no por donde se folga) o por temor a qué digan papá mamá ni las monjas — no de pudor ni recato sino de la mera impronta que dejara en tu mirada el haber sido la nota que grabaran en tu frente no los ardores ni apremios de quien a yuntas se amolda sino el deseo tan profundo tan raro y que poco mola de engendrar hijos que un día hayan de ser aun en sombra flama para qué ya fuese y para qué será antorcha.


Dedicatoria

jueves, 8 de septiembre de 2011

Medidas oportunas

Los fabricantes de serpentinas para fiestas desfilaron ante el monumento al inventor de las cucharillas para café que, muy erguido en su pedestal, guiñaba el ojo a las jóvenes promesas de algún día en algún lugar depositar ofrendas consistentes pero — y eso ya lo habían advertido sus tutores antes de dar autorización para que se presentaran a concurso — no hasta el extremo de que, finalizada la temporada que resultó bastante más corta de lo que remitiéndose a la experiencia fuese presumible esperar que iba a recordarse a la larga y antes, sin embargo, de dar comienzo a la estival que fue, por cierto, la que sí se hizo interminable y terriblemente tediosa, no tan sólidas ni imperecederas ni desprovistas de la liviandad suficiente como para que, llegado el caso o bajo condiciones no previstas aun después del esmero aplicado a contemplar desde todos los ángulos imaginables la enorme variedad de inconvenientes que con invitación o sin ella pudieran presentarse, no se las pudiera tomar ya por sorpresa o —que se estudiaría en el próximo trimestre y, si no daba tiempo, se propondría como asignatura obligatoria para el curso siguiente —con aviso previo de la mano y salir corriendo para protegerse de la lluvia o, si la climatología no se empecinaba en mostrarse adversa, de la maledicencia de los que se obstinaban en asegurar que no era aquella ocasión para dar crédito (y menos con tan pocas garantías y a un plazo tan indeterminado) a tanto pedigüeño como se había desplazado hasta el recinto sin más fin que el de iniciar un proceso que, además de en exceso costoso, pudiera resultar de descomposición por causa del calor en caso de que el tiempo cambiara.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Sinapismos

Sinapismos, claroscuros, cenefas de condominios insuflando en los berridos de los que ruedan contritos por destierros y desmontes y desmandes y estratíficos lubricantes de sentidos áridos y ya cercanos, cercados de sal y un ruido que ensordece los pies quietos amarrados al berilo de rojo encendido soplo de verdor y de estreñido amaranto sin pompones, ni colmillos, ni ruibarbos que aderecen de su llanto ni de sus aciagas lepras tantos barriles de lágrimas derramados en la arteria central de lados tan romos, tan torcidos, tan estrechos que apenas si cabe un hito en que anclar la mar de yertas contumacias de arrogantes hululancias al descuido de veladas insolencias asoladas de pretiles de pozos en cuyos fondos, sumergidos en el limo, reposan los cantos mixtos de terror y de perfidia que acotaron en sus rimas y en su punzar y en los brincos de los alados disturbios que aquejaron los pingüinos y las trombas y los filtros de quién sabe cuánta vacua desternillada inmundicia; colorean, en sus dos vueltas de llave cerrando ojos, a cal y a canto los sones perdidos en el encuentro desmedrado de rumores alertando que se aleja el tiempo de los… mamones.

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