miércoles, 12 de diciembre de 2012

Los barrenderos

Con los que se cruzaba cada mañana cuando ataviados con sus alpargatas y sus monos grises salían de recoger los escobones que, la mayoría, llevaban a rastras aunque algunos, los más animosos, portaban al hombro.
Y recuerda cómo los miraba con una cierta envidia ― porque parecían contentos, riéndose y maldiciendo, canturreando cualquier cosa entre dientes y volutas del humo azulado de los Ideales baratos que sostenían en las comisuras de las bocas ― mientras iban llegando, ante el portón de la casa grande a pocos metros de distancia, uno tras otro los coches grandes y oscuros y lustrosos de los que se bajaban los chóferes herméticos que con galones y botonadura dorada, gorra de plato en mano, abrían ceremoniosos las puertas a unas niñas que salían andando displicentes y altivas, sin mirarlos y sin un “adiós” o tan siquiera un “gracias”.
Por las tardes, después de entonar entre otros que ha olvidado por completo un salmo que decía “hermanas, sed sobrias y vigilad porque el diablo nuestro enemigo anda a nuestro alrededor buscando a quién devorar” salían de la capilla ― ella también ― al encuentro ― ella eso no ― de las respetivas “seños” francesas o inglesas o alemanas a las que con disimulo apenas descarado ridiculizaban burlándose, entre maliciosas risitas en voz baja, de sus aspectos y vestidos y peinados que sugerían, a ella al menos, un otro tiempo y un otro lugar en los que también quizás ellas tuvieron sus propias “seños” de las que, tal vez, también se burlaron.
Y así se sucedían inexorables los días, semana tras semana y de lunes a viernes hasta que, igual de inexorablemente, llegaba el sábado.
El sábado a mediodía daba la sensación de que algún tipo de mundo se había vuelto del revés hasta el extremo de que, en los de primavera sobre todo, el alma cándida que por entonces ella era podía, si no ponía sumo cuidado, llegar a creer que aquel no sé qué aroma que impregnaba el aire estaba proviniendo de… de… de: ¿las florecillas de éste o aquel parterre?
Bueno… Era sólo una broma.
El sábado era un día diferente a todos los demás y el único en el que a mediodía los chóferes hieráticos y los automóviles magníficos y las pobres “seños” ― venidas tan a menos desde lo que por entonces era tan lejos ― se dejaban no ver y, en su lugar, era una cohorte de madres perfumadas y enjoyadas la que, al volante cada cual de su propio seiscientos, con el carmín un poco emborronado después del aperitivo, o el pelo en desorden por culpa del viento, o el traje chaqueta bastante arrugado al cabo de una mañana de tiendas tan intensa, intercambiaba risas y bromas y saludos levantando la voz de coche a coche, apoyados los brazos y los dedos llenos de brillantes en las ventanillas bajadas y tratándose de tú hasta con Pepita o Mari Pepa o Many; sin ni tan sólo hacer amago de bajarse y saludar dando la mano, como Dios y las normas de la casa mandaban.
E imaginaba ella a su madre ― dice ― en la misma situación y agobiadísima teniendo que conducir con aquella soltura un coche que no teníamos, y con la lengua fuera por llegar a tiempo a la hora de todo el trajín de la salida, refunfuñando y nerviosa por dejar la casa recogida y, además, teniendo que haber ido a la peluquería y a la manicura porque, dice, «mi madre, cuando acudía al colegio por cualquier motivo ― a requerimiento de Pepita, que me hacía llegar una notita en un sobre convocándolos a mi padre y a ella ―, no llevaba un pelo fuera de su sitio y las uñas, que se miraba pensativa echando cuenta de si habría desenchufado o no la plancha, lucían perfectas y recién pintadas».
Además, se sentaba allí, en el despacho, con mucho comedimiento y un poco en el filo de la silla, con las manos cruzadas sobre el regazo; modosa y envarada como si la fuesen a juzgar.
Y a su padre le pasaba un poco, o un mucho, lo mismo; nunca eran ellos mismos, en nada de lo que tuviese que ver con el colegio, sino una especie de réplica forzada de otras personas a las que ellos, en realidad, tan sólo imaginaban como un modelo al que imitar.
Y a mí aquellas cosas me entristecían y me irritaban porque consideraba que ella no tenía por qué ser tan modosa ni perder, mi padre tan elegante, parte de su prestancia apabullado por el poderío de una clase social de la que en teoría abominaba, ni tratar ninguno de los dos con tanto encogimiento y cortedad a alguien a quien estaban pagando no por su propia educación sino por la mía.
Dice. 


lunes, 3 de diciembre de 2012

lunes 3 de diciembre de 2012 10:22:00 a.m.


Mira, ha cogido esta amiga de no sé que facebook y me la ha pegado aquí. No llevo ya la cuenta de las veces que le he dicho que no se meta en facebooks de desconocidos, "que te van a demandar por allanamiento de morada" - por ver si coge miedo, pero ni caso -, ni en mi blog, "que te vas a ganar un tirón de pelos en cuanto te vea". Pero el mismo ni caso.
A mí me parece que lo que quiere es terminar con mi paciencia.
Si a ti te parece otra cosa no dudes en decírmelo.
No riegues el sicomoro y, por favor, invéntate una excusa, pero no estoy en absoluto con ánimo de comer cochinillo ni a ir de paquete en ninguna moto, ni con casco ni aunque tenga sidecar.




Archivo del blog