martes, 7 de noviembre de 2017

Apariciones apócrifas

de aparejos ampulosos apostados a porfía tras pletóricos pretiles de pandemias pudibundas perturbadas por pretéritos pasacalles pendencieros de penúltimos pensiles pavorosos y proclives a penurias pontificias pesarosas o propensas a propugnar pertenencias partidarias de pamelas y pompones y pamemas; pedalean, apabulladas, apercibiendo palancas de ambiciosas peroratas que amputan la pasantía de paseantes que se alistan a la pauta perdularia precursora de la empática destrabazón de la escuálida premonición de la extinta pignoración de polímeros aplomados a la pompa de precariedad procinta.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Texto 13.2

13.2 “Y parece que muchas creencias que se heredaron como representaciones simbólicas, como lenguajes sutiles o como referentes de ensoñación, fueron perdiendo su rastro mistérico y solidificándose hasta transformarse en objetos o personajes. Quizá en otra ocasión se podrá profundizar sobre el juego histórico de la religiones, pero aquí solo convengo en señalar cómo se fueron perdiendo los símbolos analógicos que representaron, y crecieron los ritos para acordonar los miedos en rediles comunes, bien alimentados con panes de superstición y sal de yeso”.
 
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Todo indica que, antropológicamente, fueron los ritos y las narraciones mitológicas, con sus dioses domésticos, sus héroes y villanos celestiales y terrenales, los encargados de convertir en alimento digerible por nuestra razón las representaciones, lenguajes y referentes mistéricos de los conocimientos profundos hasta ese momento existentes acerca de la divinidad. No habrían de ser estos relatos, desde luego, absolutamente realistas, sino trufados con elementos mágicos, enigmáticos y numinosos que dejasen un tanto en suspenso las entendederas de las gentes y, al tiempo, que resultaran aptos para que coribantes, lamas, rabinos, sacerdotes, brahmanes y teósofos de toda condición pudieran oficiar como intermediarios de los dioses con el pueblo, con sus más o menos sesudas interpretaciones.
Como se dice ahora en política, se necesitaba un “relato”, una narración secuencial que nuestra pedestre lógica pudiese asimilar, e incluso recordar y reproducir, alimentando la villana superstición y despreciando el ingente reduccionismo cognoscitivo que tal cosa supuso. Pues, como puede ser necesario recordar, es “evidente que la consciencia no actúa como una sucesión de secuencias cronológicas, como un relato continuo” (véase párrafo 7.2), sino en forma de redes de vivencias y memorias interconectadas. Y lo peor es que por el camino se nos quedó reducida al mínimo la capacidad de reflexión o de mero reconocimiento íntimo de todo contacto analógico con lo divino.

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