sábado, 21 de abril de 2018

¡Tan inconsciente!


Sueño que mi existencia empieza en un instante indeterminado de lo que reconozco como mi vida adulta, y que yo, la que sueña, tiene consciencia de mí misma y de mi entorno, y de los otros seres vivos de distintas especies, y de qué es la luz y qué es la oscuridad, y qué son los sonidos y los colores y las palabras y los números y las distancias y los tamaños de las cosas; y de los objetos y de sus formas y de las utilidades que se les adjudican; y de los olores y de los sabores y de los sonidos que me agradan y entiendo como buenos o bonitos y cuáles me desagradan y considero feos o malos; consciencia también de sensaciones como el hambre o el sueño o la sed o el dolor, y de emociones como la ira o el miedo o la tristeza o la alegría o el amor o el odio.

Consciencia también de que tengo recuerdos y memoria ―aunque en ocasiones pueda ser desmemoriada, pero también tengo consciencia de ello y, por tanto, la tengo también de lo que llamo olvido― y conceptos, por tanto, como pasado y futuro y antes y después, y arriba y abajo y detrás y delante, y tarde y temprano.

Consciencia también de que, en función de qué entiendo como existente en mí y en mi entorno y en los otros seres vivos de distintas especies con sus respectivas consciencias de sí mismos y de sus respectivos entornos, tengo prejuicios que me inducen a suponer que en función de sus propias percepciones y prejuicios experimentarán hacia todo lo demás sensaciones, sentimientos y emociones que los inducirán a la tristeza o al amor o a la alegría o a la ira o al miedo o al odio, o a la temeridad o a la prudencia, de las cuales también tengo el concepto y la consciencia.

Pero la otra yo, la nueva yo que empieza a existir en un instante indeterminado de lo que la yo que escribe reconoce como la vida adulta de esta yo que sueña despierta y sabe tantas cosas y reconoce tantas emociones y tantos sentimientos y tantas sensaciones y tantos prejuicios, no sabe nada.

La yo soñada por mí es una yo desconocida pero adulta como yo que en mi sueño empieza a existir en un mundo vacío de algo que la yo que soy pueda reconocer como vida; una otra yo que desconoce todo, que desconoce incluso y aun sin saber que desconoce qué es la consciencia y que por tanto ni siquiera sabe si la tiene de sí misma; ni si la tiene de su entorno, ni de la ausencia o presencia los otros seres vivos de distintas especies, ni de qué es la luz y qué es la oscuridad, ni qué son los sonidos que escucha ni los colores que ve ni de la existencia de  las palabras que nadie pronuncia; que no sabe de números ni de distancias ni de los tamaños de las cosas, ni de los objetos ni de sus formas ni de las utilidades que se les adjudican, ni de los olores ni de los sabores ni de los sonidos que no entiende como buenos o bonitos o malos o feos porque no tiene con qué otros olores o sabores o sonidos compararlos. Que no tiene consciencia de sensaciones como el hambre o el sueño o la sed o el dolor, ni de emociones como la ira o el miedo o la tristeza o la alegría o el amor o el odio.

Consciencia tampoco de carecer de recuerdos y memoria ni, por tanto, de conceptos como pasado y futuro y antes y después, y arriba y abajo y detrás y delante, y tarde y temprano.

Consciencia tampoco de que ―en función de qué no entiende como existente en sí ni en su entorno ni en los otros seres vivos de distintas especies con sus respectivas consciencias de sí mismos y de sus respectivos entornos― carece de prejuicios que la induzcan a suponer que, en función de sus propias percepciones y prejuicios esos seres vivos experimentarán hacia todo lo demás sensaciones, sentimientos y emociones que los inducirán a la tristeza o al amor o a la alegría o a la ira o al miedo o al odio, o a la temeridad o a la prudencia, de las cuales también tengo yo el concepto y la consciencia, y ella no.

Y me pregunto yo, despierta, si la yo soñada podría existir si yo me despertase, y cómo caso de existir seria su existencia si tuviese la consciencia ―que no tiene, porque yo no se la he dado― de no tener consciencia de qué son prejuicios ni qué son el pasado ni el presente ni el futuro; ni la memoria con sus recuerdos, ni el arriba ni el abajo.

Me pregunto también cómo sería yo, la que sueña, y cuál sería mi devenir si aun en la plenitud de mi consciencia fuese ella, tan inconsciente.




miércoles, 4 de abril de 2018

Tremolar de azules demorados


Tremolar de azules demorados al escozor sedoso, al rojo vivo, de pálidos descoloridos viejos duendes enterrados (a ras de la cordura que se acogió, en nombre de leyendas, al derecho entender de qué es justicia) en el fondo de altos, inalcanzables rectos fines; se escora, a la deriva de discordias, hacia el afán, tan ciego y tan aciago, por desterrar del mundo qué es agravio.

Archivo del blog