Disertación profana

Se estudia y se investiga mucho pero siempre en torno a la materia, a todo cuanto goza de una estructura apreciable desde cualquiera de los cinco sentidos. Antes de  conceder a algo el derecho de estar existiendo le exigimos  que tenga una forma o un color, para que podamos verlo; o un sonido que nos permita escucharlo, o un olor, o un sabor, o una textura.
Las personas, los animales, las plantas, las piedras, las cosas, todos tienen (al menos) forma y color y un tamaño al que adjudicamos la cualidad de grande o pequeño en función de qué parámetros…
Estoy fumando y alargo la mano hasta el cenicero, que es, mi cenicero concretamente, lo que se puede llamar un cenicero grande porque debe de medir, así, a ojo, unos quince centímetros de diámetro (es un cenicero redondo) y tener como cuatro o cinco de altura. Así que supongo que es un cenicero bastante grande, pero no estoy segura del todo de que si su diámetro estuviera siendo de tres metros y su altura de (pongamos) setenta centímetros no se me pasara siquiera por las mientes la idea de cenicero y me sintiese bastante más inclinada a pensar que es una piscina.
Una piscina pequeña, desde luego, para la apreciación de un adulto, al que no estaría cubriendo (llena de agua, claro, que qué otra finalidad lógica puede adornar a una piscina mas que la de contener agua) ni hasta la ingle aun en el caso de ser una persona bajita, ni permitiéndole dar más de un par de brazadas. Aunque una piscina muy grande para la apreciación de un niño, y no sólo para la apreciación sino para el hecho constatable (aunque el niño a lo mejor no lo sabe) de que si no sabe nadar puede ahogarse.
Como soy persona adulta y de mediana estatura me decanto por suponer que ese objeto sobre el que deposito la ceniza de mi cigarrillo es un cenicero y que el haber imaginado por un momento que podía tratarse de una piscina ha sido nada más una broma que me ha gastado mi imaginación. Además, una piscina nunca podría estar sobre una mesa, de despacho, concretamente, que mide alrededor de metro y medio de largo por sesenta centímetros de fondo… A menos, claro, que la mesa fuese muy grande y la piscina muy pequeña, pero las mesas de despacho aunque no tienen una medida estándar siempre guardan las proporciones que puede abarcar el que va a utilizarlas.
Pero, aun en el supuesto de que el que la fuera a utilizar fuese un gigante, y la mesa fuera por tanto enorme… ¿tendría sentido el que se contemplase el dotarla de unas dimensiones tales que se pudiera colocar sobre ella una piscina?
Deduzco, por tanto, que ese objeto redondo que hay sobre la mesa de mi despacho es muy posiblemente un cenicero, aunque también podría servir para depositar en él monedas, por ejemplo, o cualquier otro tipo de cirindulillos o adminículos  de esos que las personas vamos dejando caer por aquí y por allá a nuestro paso por nuestro cada día; pero, vamos, que en líneas generales y si alguien me preguntara “qué es eso” respondería con bastante desparpajo que es un cenicero.
Deduzco, por tanto, que todo cuanto ocupa un lugar en el Universo y está fabricado por el ser humano tiene las medidas convenientes al criterio y a las necesidades del ser humano y atendiendo a qué utilidad se le va a dar al objeto en cuestión.
¿Pero, qué pasa con todo cuanto hay en el Universo que no está fabricado por el ser humano ni atendiendo a sus criterios ni a sus necesidades?
¿Está el ser humano capacitado para comprender, enjuiciar si quiera, lo que ni está hecho a su medida ni  guarda proporción con él?
Es por lo que digo que se estudia y se investiga mucho pero siempre en torno a la materia que, si no estoy confundida del todo, se compone siempre de una combinación de elementos, y cada elemento se compone de átomos, y el átomo es la parte más pequeña que puede existir de materia; y los átomos al combinarse entre sí forman las moléculas, y las moléculas juntándose y combinándose dan lugar a las células. Y de células es de lo que está compuesta la parte corpórea de todos los seres vivos, sean de la especie que sean.
Pero me entero también (que lo miro en internet) de que suponiendo que el núcleo del átomo fuese del tamaño de una cabeza de alfiler el átomo completo estaría siendo del tamaño de toda España y, entre el núcleo y la corteza, estaría habiendo un espacio enorme y vacío en el que se estarían moviendo los electrones de forma parecida a como se mueven los planetas en un sistema planetario.
Es decir, que entre unas cosas y otras, la materia (tanto la viva como la inanimada) está prácticamente hueca.
¿Hueca significa que ahí no hay nada, nada absolutamente?
¿O hay algo a lo que no le damos importancia y por tanto nadie se ha ocupado de analizar?
¿O es un algo formado de lo mismo (o parecido o en ese orden) que ocupa el espacio que me está separando de la mesa (cuando no estoy apoyándome en ella) sobre la que no colocaré nunca una piscina?
Quiero decir “aire”. Entre mi cuerpo y la mesa hay aire, y en suspensión en ese aire hay partículas, diminutas, microscópicas, infinitesimales, pero partículas que se mueven y pululan y que, por tanto, no están apelmazadas, porque entonces formarían un cuerpo sólido, y está quedando espacio vacío entre unas partículas y otras.
¿Qué hay, me pregunto, en el espacio vacío que dejan entre sí las partículas que a su vez están formadas por átomos que están casi vacíos?
¿Y si en ese espacio vacío en que está inmerso todo cuanto tiene materia estuviese habiendo algo que no se dispone de invento ni artilugio ninguno con el que estudiarlo?
Porque el ser humano se reconoce básicamente en su corporeidad; y si no tiene cuerpo no es, a efectos prácticos, lo que pueda llamarse ser vivo. Y, por extensión, ocurrirá lo mismo imagino con todas las cosas, que si no tienen cuerpo no son… o, bueno, no deberían ser pero (pese a todas su carencia de corporeidad) sí que son.
Digo que son porque (aunque no tienen cuerpo ni forma ni color ni sabor ni textura) no hay absolutamente nadie que no se aventure a describírtelas cuando les preguntas qué con o como son.
Así, por ejemplo, la bondad, o la inteligencia, todo el mundo dará una definición de ellas, y sin embargo nadie las ha visto ni al más potente de los microscopios imaginables.
¿De dónde sacamos las ideas de qué o de cómo son las cosas que no tienen materia?
¿De dónde sacamos, de dónde proviene, cualquier tipo de idea que pueda albergar la mente humana?
Del átomo no puede ser, porque el átomo es sólo materia que no puede tener ni voluntad ni intención, a menos, se me ocurre, que las estuviera conteniendo en alguna parte de todo ese espacio vacío que nada ni a nadie importa…
Me doy cuenta, de repente, de que el átomo es (según la definición) la parte más pequeña de materia, y que la materia no tiene vida, pero sin embargo las moléculas (compuestas a su vez de átomos) sí que la tienen, o la alcanzan al menos cuando llegan a componer una célula…
¿De dónde sale, dónde se genera la vida que no tiene el átomo pero sí que tiene la célula?
No lo sé. No sé contestarme. Pero yo estaba en las ideas y voy a seguir con ellas.
Las ideas, de qué o cómo es el bien, o la inteligencia, o cualquier otro tipo de concepto abstracto, ¿de dónde emana?, ¿de las moléculas y de sus aminoácidos y de sus proteínas?
¿De los genes, a lo mejor? ¿De esa porción tan pequeñita que está a su vez dentro (o es una parte) del cromosoma que se alberga en el núcleo de la célula que a su vez está compuesta de átomos prácticamente huecos y son nada más materia?
No sé, la verdad, pero me parece muy difícil de digerir que de lo que es sólo materia pueda salir algo con vida y con la capacidad de generarse y regenerarse y crear vida con todo lo que la vida conlleva de emociones y sensaciones y sentimientos que están ahí, en alguna parte, y que se manifiestan e inciden en el estar (bien o mal o triste o contento o ilusionado o desanimado) pero no son observables con ningún tipo de invento pero sí, curiosamente, a puro ojo, que todos, cuando vemos a otro (otra persona, quiero decir) intuimos, o suponemos, con relativa facilidad si tiene un buen día o lo tiene malo o, sencillamente, es atravesado de por sí.
¿De dónde sale el ser cada uno como es?
Y no me refiero a alto o bajo o al color de sus ojos o del pelo o cualquier otra de sus características morfológicas o físicas. Me refiero a esa forma de “ser de alguna forma” que determina que las personas inspiremos en las otras tales o cuales sensaciones o emociones o sentimientos, y que nos identifiquemos o no con ellas y con su forma de experimentar o de emocionarse o de sentir.
A mí, por ejemplo, que no me gusta la música, siempre que lo digo hay alguien que me responde que cómo puede ser eso posible, que la música, de un tipo o de otro, gusta más o menos (dependiendo del tipo de música, con independencia del que la escucha) a todo el mundo.
Me dan ganas de contestar “si la escucharas con mis oídos ya veríamos si te gustaba”.
Y es que es tan intransferible el mundo de los conceptos, de lo bonito y de lo feo, de lo grato y de lo ingrato.
Incluso el de los colores y el de los sabores, y el de los olores; que uno dice que bien huele y al que está al lado lo puede estar mareando o dando ganas de vomitar.
Pero el de los colores. El de los colores — con independencia, o quizás incluso sin ella, puestos a pensar, de que gusten más unos que otros — siempre me ha llamado la atención y he llegado a la conclusión de que se trata de una convención, un acuerdo basado en algo que se me ocurre denominar “referencia tipo”.
Creo que ya he escrito sobre ello en alguna otra ocasión en alguna otra parte, pero no recuerdo ya cuándo ni dónde, así que lo escribiré otra vez.
Aprendemos desde pequeñitos, por poner un ejemplo, que el cielo es azul, y por extensión decimos que es azul todo lo que nuestros ojos ven de ese mismo color. Pero no podemos verlo con los ojos de otro, de manera que lo que uno está denominando “azul” es entendido como “azul” por el entendimiento de cualquier interlocutor, con independencia de cuál sea el verdadero color de aquello que estamos viendo y que estaríamos denominando “rojo” o “verde” o “amarillo pollito” o “quisquilla” si alguien, en nuestro primer contacto con la palabra y toda su carga de ser el elemento básico de comunicación entre humanos,  nos hubiese dicho que (por ejemplo y para no repetir toda la serie enunciada), esa bóveda que envuelve el mundo es de color quisquilla. Todo seguiría siendo como es, y teniendo la misma apariencia — aunque con diferente nombre acordado y aceptado y consensuado —; aunque la cosa se complicaría bastante si pudiéramos intercambiarnos los ojos y “anda, míralo con los míos”, que podríamos encontrarnos con la sorpresa de que “¿así, de este color es como de verdad ves tú el cielo?”. Pero como eso no es posible nos avenimos, sin rechistar y sin sacarnos respectivamente los ojos de las propias orbitas ni de las ajenas, a que el cielo es azul.
Y lo mismo con todo.
Pero a fin de cuentas es un “todo” al que, al estar teniendo de alguna manera una tangibilidad o apresabilidad, se le pueden pasar por alto sin mayor problema las diferencias al ser percibido por unos o por otros; en tanto que hay otro “todo” que doy en pensar que a saber si no se arraiga en esos “vacios” que ocupan el interior de los átomos. Y que en ese algo arraigado en unos vacios que para qué detenerse a averiguar porque son sólo nada es donde anida lo que de espiritualidad hay en los humanos, y el impulso irrefrenable de pensar, de preguntarse cosas aunque no se sea capaz de encontrar las respuestas.

Y en lo que respecta a ese otro “todo” que quién sabe cómo pueda ser ni de qué está hecho, somos todos bastante más inflexibles. Pero tengo la impresión de que los más inflexibles son los que habiendo encontrado respuestas — las que han buscado y encontrado valiéndose de inventos que no pueden sobrepasar ni ser más sofisticados que la  capacidad inventiva del  inventor — no están en absoluto dispuestos a admitir que todos o gran parte de sus esfuerzos hayan sido baldíos, y que quizás las respuestas más esclarecedoras a tantas preguntas como podemos hacernos aun los menos ilustrados de los seres pensantes estén agazapadas en los rincones, en los ángulos muertos, en los espacios perdidos por entre la materia en donde nadie mira.

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